martes, 13 de noviembre de 2007
EL CANÒNIGO Y ADULTERINO DON ANDRÈS (CAPÌTULO 4)
EL CANÒNIGO Y ADULTERINO DON ANDRÈS
ES UNA OBRA DEBIDAMENTE REGISTRADA
COPYRIGHT BY JORGE JIMÈNEZ FLÒREZ
(ANTES DE LEÈR ESTE CAPÌTULO 4; LEE PRIMERO LOS CAPÌTULOS ANTERIORES; LOS ENCONTRARÀS MÀS ABAJO; Y EN EL LINK DE ENTRADAS ANTIGUAS)
EL CANÒNIGO Y ADULTERINO DON ANDRÈS
NOVELA ORIGINAL: JORGE JIMÈNEZ FLÒREZ.
CAPÌTULO 4
..."Matrimonio"...Esa es la palabra que està rondando la cabeza de Andrès Rosillo, mientras cabalga sobre los dificiles caminos de herradura que marcan su regreso a Simacota, despues de su cita con el señor obispo.
Matrimonio...Apenas comienza a aclararsele la idea; pero para acallar a todas y todos, hay que tomar un soluciòn dràstica de una buena vez: Hay que casar a Luz de Obando; no para alejarla del clèrigo, porque al fin y al cabo ambos se aman verdaderamente; màs sin embargo Andrès y su àma deben aparentemente alejarse, porque ya no es una sino dos, las reputaciones que estàn en juego. El canònigo y adulterino es consciente de la magnitud del escàndalo que se puede avecinar, donde los nombres de Luz de Obando y Andrès Rosillo, sigan de boca en boca; pero no por sus labores humanitarias como pàrroco y defensor litigante de los pobres y desamparados, sino por su talento para enamorar a su propia sangre, a su escultural sobrina.
Hay que silenciar al gran demonio del chisme, y hay que acallarlo tan contundentemente, que cada quien, hasta con remordimiento de consciencia, tenga que embutirse cada una de sus palabras, comentarios, y sarcasmos.
Despues de su llegada en la noche; y ya en la intimidad de la casa cural, la discusiòn y el atercado entre Luz y Andrès, aunque se produce a punta de cuchicheos, porque en esta relaciòn hasta las peleas tienen que ser ultrasecretas; el altercado entre ambos es tenàz y dificil, tanto para ella como para èl.
-Clàro que yo sì me quiero casar; pero contigo maldita sea!- exclama Luz brava, ante la descabellada soluciòn que le plantea Andrès.
-¿Acaso olvidas que soy sacerdote?- dice Andrès, màs en tono de afirmaciòn que de pregunta -,y aunque lo olvidaras, por màs de que yo no fuera sacerdote, tampoco podriamos casarnos porque sòmos sobrina y tìo, por si ya no te acuerdas.
-Olvide ese aspecto hace mucho tiempo, y si tanto te preocupa, entonces renuncia al sacerdocio...Y no soy culpable de que seas mi tìo; uno no escoge a la familia, pero sì a la persona que desea amar; y yo te escogì a tì, mucho màs de lo que tù me hayas escogìdo a mì. Por eso no acepto que estès amedrentado ante las sospechas de tu bendito obispo ese, que hasta marica serà- responde Luz en tono de severo regaño para su clèrigo.
Los animos se exaltan cada vez màs, y los insultos van y vienen de lado y lado. Esta es la primera pelea entre ambos desde que conviven clandestinamente como pareja, y ocurre en una de esas noches de viernes en Simacota, cuando por ser el inicio del fin de semana, sus habitantes se reunen en la plaza del pueblo a organizar tertulia y armar la fiesta de la noche, a punta de buena chìcha para los pobres, y buen vino para los que tienen con que pagarlo, por su clase social, o por simple apariencia...Son viernes de bohemia al aire libre, pequeñas fiestas improvisadas, y presentaciones artisticas de teatro, mùsica, y circenses, de bajo nivel pero dìgno del transcurrir de esta Simacota rural, perdida en estos tiempos de la colonia. El corregidor Pantagruel Madrazo supervisa que nadie se ponga belicoso, ni mucho menos que la alegrìa vaya a dar paso a los desmanes; ya que èl siendo de España, nunca hubiera podido vivir en su propio paìs, con el prestìgio, respeto, privilègios y nivel social del que goza en estas tierras de Indias, del Nuevo Reino de Granada; porque don Pantagruel es de tan baja, pero de tan baja ralèa en la peninsula ibèrica; que su padre a quien solamente viò en un par de ocasiones, tan sòlo era un alcoholico ayudante de puerto, y su madre una prostituta barata de cualquier esquina. ¿Sin embargo por què Pantagruel Madrazo llegò a parar a un sìtio tan distante de España, como lo es Simacota en la Nueva Granada?...Porque ante la corona española, estos cacerìos de las colonias americanas, no son màs que despellejaderos olvidados hasta por el propio olvido, donde se pueden enviar a esta clase de sujetos españoles incultos, malolientes, que en vez de hoja de vida, tienen prontuario, necesiten deshacerse de ellos, y que sean bien aventureros para poder cruzar el ocèano, y ojala el barco se hundiera, no importa; y en caso de que no se hunda, finalmente llegar aquì a la Nueva Granada, tierra de todos y de nadie.
Ademas un muerto de hambre como Pantagruel Madrazo, antes de convertirse en corregidor no tenìa nada que perder; simplemente se arriesgò y aceptò su nombramiento de Corregidor, en un sìtio que ni siquiera aparecìa en el mapa, y del que unicamente sabìa, que quedaba en el Nuevo Reino de Granada, en el norte de suramèrica; y sin olvidar el principal aspecto: Don Pantagruel era el ùnico candidato para este cargo de corregidor de Simacota, y por eso se presentò voluntariamente para que lo nombrara un emisario de sexta del rey; ya que antes de don Pantagruel, Simacota durò sin corregidor catorce años y seis dìas.
Pero las fiestas de fin de semana en la plaza y las escasas calles de Simacota, solamente son para los hombres de todos los penambres, y las mujeres de mala vida que se consideren las màs buenas; ya que las mujeres distinguidas se quedan en casa. Y una de esas mujeres distinguidas es Luz de Obando que continua peleando con su clèrigo a escondidas; y dos cuadras màs abajo doña Martina Rosillo que ademas de su terrible enfermedad pulmonar, tambien la agòbian las murmuraciones, rumores, y comentarios que sus curtidos y càstos oìdos logran percibir cada vez màs y màs, incluso, cuando algunas gèntes pasan hablando en voz baja por el frente de su casa...Gèntes que siguen pregonando como secretos a viva voz, cantidad de cosas incestuosas y obscenas de su hija, y de su hermano.
Y mientras disgustada escucha tales comentarios, Martina recuerda cuando Andresito era un adolescente que apenas tenìa su despertar sexual, y todavìa no habìa entrado a realizar sus estudios superiores; su hermana Martina tenìa que defenderlo muchas veces, cuando el inquieto Andresito habìa intentado sobrepasarse con algùn fino acoso sexual hacia alguna vecina bonita, coqueta, y no coqueta. Martina siempre alegaba que su hermanito "chiquito" era incapàz de "semejante monstruosidad", aunque en el fondo, ella sabìa de los alcanzes de su precòz hermanito menor, que incluso a veces le realizaba preguntas de sexo con las que ella se sonrojaba y terminaba evadiendole el tema.
Martina nostàlgica y melancòlica recuerda aquellas èpocas tratando de olvidar y de no pararle bolas a las habladurìas que ya se estaba acostumbrando a escuchar, casi que a la fuerza, en la pacata y escandalosa Simacota que con sus lènguas envenenadas y viperinas, rumoran en secreto a viva voz, frases como..."La putita Luz de Obando y su canònigo pecador duermen juntos"..."El angelical ròstro del padre Rosillo limpia el sagrado y perfecto cùlo a su bella sobrina"..."El cura Rosillo y su zorrita Luz solamente cumplen con el sagrado mandato de la biblia: Crecèos y multiplicàos"..."Bendito el padre Rosillo que ama a Luz de Obando por sobre todas las cosas"..."Quien fuera cura para coronar a tan divina diosa"..."Dios dijo, hagasela luz, y Luz se la hace al canònigo Rosillo"; exclaman en voz muy baja los màs burlones y satìricos.
Y en la casa cural continùa la pelea conyugal...
-Tù lo que quieres es deshacerte de mì a como dè lugar- espeta Luz de Obando furiosa a la vez que manotea golpeando el pecho de Andrès que intenta abrazarla para tranquilizarla.
-¿Pero còmo puedes juzgarme asì?...Si yo lo que quiero es lo màs conveniente para los dos...Estoy intentando arreglar las cosas de la mejor manera, para que tù y yo podamos seguir estando juntos sin que todo este amor tan hermoso que hemos construìdo se nos vaya a salir de las manos- replica Andrès mientras que Luz queda callada con su rostro rìgido y disgustado.
-Amada mìa; mirame a los ojos y respondeme sinceramente...¿Acaso tengo la mirada de un hombre que ya no quiere a su reina?.
De los ojazos marrones de Luz brotan un par de làgrimas, màs de rabia, que de tristeza; pero ella responde con voz melancòlica.
-Veo la mirada de un hombre que me ama y me desea infinitamente...Pero tambien veo la mirada de un hombre que tiene miedo.
Andrès la continua abrazando, esta vez con màs fuerza, y de una manera entrañable.
-Clàro que tengo miedo; y es el miedo a perderte- dice Andrès con su actitud conmovedora, y la voz temblorosa.
De repente alguien llama a la puerta de la casa cural, golpeandola bruscamente y de manera afanosa. Luz y Andrès se asustan intercambiando sus miradas ante el ruido de la puerta que continua siendo golpeada insistentemente. Andrès asume su compostura de sacerdote, y abre la puerta...Es una jovencita angustiada.
-Padre Rosillo, que pena tocar asì en su puerta, pero es urgente que usted vaya a la casa de su hermana...Doña Martina se està muriendo y de manera desesperada grita su nombre y el de su sobrina.
Luz que està a un lado de la puerta, escucha todo, y junto con Andrès, y la jovencita, los tres salen corriendo angustiadamente hacia la casa de Martina. Al llegar allì, en la entrada se han aglomerado vecinos y curiosos. Luz y Andrès logran abrirse paso entre la pequeña multitud reunida; ambos entran y se dirigen a la alcoba de Martina que agoniza en su cama mientras el doctor Hernandez bastante descompuesto, le aplica toda clase de medicamentos para aliviarle el ahogo como sea.
-Aquì estamos...Tranquila hermanita, que aquì tu hija y yo, estamos contigo- dice Andrès tomando la mano de Martina; luego el clèrigo junto con Luz observan al doctor Hernandez que detràs del espaldar de la cama; niega triste moviendo su cabeza, dandoles a entender a ambos que ya no hay nada màs que la medicina de esta època pueda hacer por doña Martina; que con sus ojos entreabiertos, y su cara palida habla con gran esfuerzo.
-Hija; Andrès, acerquense un poco màs; ya me ha dicho el doctor Hernandez, que esto no es contagioso...Hija; perdoname por haberte ocultado mi verdadera enfermedad todo este tiempo, pero nunca quise depender de tì, ni mucho menos verte sufrir. Tampoco le reclames a tu tìo por no haberte dicho; fue una exigencia que yo le hice.
-¿Pero què es lo que tienes mamà?.
-Algo que no tiene nombre; segùn el doctor Hernandez, mis pulmones estàn podridos; y no tengo pulmones nuevos.
Luz mira con cierto reclamo al doctor Hernandez.
-Lo siento Lucecita, pero tu madre jamàs me autorizò para decirte nada- dice el doctor Hernandez de manera resignada.
-En medio de todo ya no importa; ya lo sabes hijita; y creeme que a pesar de las circunstancias, no siento ningùn miedo de morirme...Lo contrario, siento en estos momentos, la presencia de Dios màs que nunca; asì que alegrense porque lo voy a conocer primero que ustedes. Me queda muy poco tiempo de vida; pero cuando yo muera, no vas a quedarte sòla; porque esa es la otra promesa que tu tìo cumplirà; no desampararte jamàs, o por lo menos hasta que estès bien casada...¿Cierto Andrès?.
-Sì; es muy cierto; pero no te esfuerces màs en hablar- ruega Andrès con tristeza.
Y ya en un tono màs ìntimo; Martina toma un segundo aire; con su mano izquierda toma una de las manos de Luz, y con la derecha, toma una de las manos de Andrès.
-Quiero morirme tranquila y por eso es importante que despues de mi muerte, nadie vuelva jamàs a hablar toda clase de cosas de mi hija, o de mi hermano. Pàrto de la buena fe, de que todo lo que se ha dicho hasta ahora, tan sòlo son chìsmes e injùrias de gèntes sin oficio. Pero aùn asì, tràten de solucionar ese tema sin que la reputaciòn de ninguno de los dos se vea afectada- dice Martina en tono ahogado pero maternal.
-Hija, alcanzame la biblia que està en el armario.
Luz acongojada abre el armario, y le alcanza una vieja biblia que intenta entregarle a su madre.
-No; a mì no me la dès...Padre Rosillo, hazme un ùltimo favor; aplicame la extrema unciòn- dice Martina en un tono mezclado de solemnidad y lùto. Luz se acomoda en la cabecera de la cama colocandose detràs de su madre, recostandole con cuidado la cabeza en su pecho; es un cuadro afligìdo porque es la despedida definitiva de la mujer que la tràjo al mundo y que con gran valentìa y fortaleza, sacò a su hija adelante, sòla, y la convirtiò en toda una dama de sociedad. El padre Rosillo resignado a la voluntad de Dios, y con sus ojos llorosos abrè la biblia, y en el màs puro y orado latìn pero con su voz deprimida, le aplica a su hermana y segunda madre, los santos òleos; ante el llanto profundo de Luz de Obando que inunda su ròstro en làgrimas, no solamente por su madre que se està muriendo; sino porque nunca antes en su vida, la bella hija de Martina, habìa visto impotente, llorar a su amado canònigo; mientras que èste aplica por primera vez, la extrema unciòn a alguien de su propia familia.
Y despues de dicho acto, Martina Rosillo abandonandose en los brazos del todopoderoso, exclama con toda tranquilidad.
-Andresito; cuida mucho a mi hija; siempre...Gracias...No lo olvides; es tu sobrina...mi hija- y dando un ultimo suspiro; Martina muere a los 49 años de edad. Luz y Andrès abrazando el dèbil cuerpo de Martina, llòran desconsoladamente ante la mirada triste del doctor Hernandez que los acompaña inerme y con la frustraciòn de que la atrasada medicina de este siglo dieciocho, no le haya permitido a Martina Rosillo, salvar su vida.
Tres dìas despues se realiza el sepelio de Martina; exequias a las que toda Simacota asiste sin exclusiòn alguna, y en entierro catòlico que es oficiado por el padre Andrès Rosillo; que vive la amarga experiencia de lo que siente un sacerdote al tener que oficiar un entierro de su propia sangre; y en este caso, de su propia hermana, a la que el clèrigo siempre llevarà en su corazòn.
En primera fila dentro de la iglesia, Luz de Obando vestida totalmente de negro, con su hermosa cara desmaquillada y cubierta por un velo; pero que a pesar del lùto y de lo descompuesta que està por la muerte de su madre; aùn asì, Luz hasta de negro fùnebre se ve preciosa. Su mirada parece extasiarse observando el fèretro donde reposan los despojos mortales de su progenitora. Y al final del sepelio; Andrès Rosillo levanta la tapa del ataùd y de la manera màs tierna se despide para siempre de su difunta segunda madre y unica hermana, dàndo un bèso en la frìa frente del cuerpo sin vida de Martina Rosillo. La ceremonia ha sido sencilla pero conmovedora.
Regresando del cementerio; toda la gente se encierra en sus casas en el màs absoluto silencio, pues aquì en la Nueva granada, como ocurre en los demas virreinatos de colònias españolas, cada vez que hay un muerto en el pueblo o ciudad que sea; todos los habitantes del respectivo pueblo, o entorno citadino, quedan de riguroso lùto decretado por las apariencias, asì jamàs hayan tenido contacto alguno con la persona fallecida.
Luz de Obando devastada, va de gancho con su clèrigo; y ambos se encierran por diez dìas dentro de la casa cural donde se desconectan del mundo y no se dejan ver para absolutamente nada durante esos diez dìas. Tampoco se realiza ninguna ceremònia religiosa, y ni siquiera se abren los cortinales de las ventanas de la casa cural; la iglesia permanece cerrada, y el pueblo comprensivo acepta estàs tristes actitudes que han asumido Luz y Andrès, de riguroso y estricto lùto donde ninguno de los dos puede ser molestado por nadie, asì estè lloviendo el diluvio universal.
Semanas despues y superado el lùto por la muerte de Martina Rosillo, la vida debe continuar. Simacota, Luz y Andrès vuelven a retomar su cauce; tanto el pàrroco como su sobrina han estado trasteando algunas cosas de la casa de Martina, que por decisiòn de Luz y Andrès, permanecerà clausurada y deshabitada, para que segùn la creencia, el espìritu de Martina recoga tranquilamente los pàsos, y regrese todas las veces que quiera, y de la misma manera se marche temporal o definitivamente segùn la voluntad del creador.
Las habladurìas y murmuraciones se han acallado temporalmente por respeto al lùto que embargaban a Luz y su tìo. Sin embargo cuando nuevamente han comenzado a rumorarse toda clase de andanzas entre el padre Rosillo y su sobrina; Andrès retoma el asunto de casar a Luz a como dè lugar y sin derecho a vacilaciones; pùes donde los disimulados escàndalos de la poblaciòn por la secreta relaciòn de ambos continùe; serà el obispo de la regiòn el que tòme medidas.
Es por eso que en alguna noche tranquila, Luz y Andrès se desvelan discutiendo y mirando posibilidades y estratègias radicales que van a cambiar dràsticamente la vida del clandestino concubinato. Resignados ambos por no haber encontrado otra soluciòn diferente al matrimonio de Luz con alguien; ella pregunta con rigurosidad.
-¿Y con quièn podrìa casarme en este desdichado pueblo?...Al fin y al càbo los tipejos de Simacota siempre me cortejaban, pero ninguno me querìa para pasar la vida; todos me prometìan el cielo y la Tierra pero para pasar el rato- dice Luz aburrida.
-Todos menos uno- sentencia Andrès, que indudablemente ya tiene a alguien en mente como posible marido de Luz...Un hombre lo suficientemente ingenuo, o que por lo menos aparente serlo; y que sin saberlo, permita que Luz y Andrès continuen con su escondìdo romance, y lo principal; que ese candidato a marido, sea tan respetable, que silencie para siempre todas las habladurìas, chismes, y rumores en los que nadie vuelva a poner en entredicho la reputaciòn de Luz, y de pàso la de Andrès. Ademas si ese conejillo de indias a esposo putativo, no por adopciòn, sino por la fama de puta de Luz de Obando, es millonario, gamonal, terrateniente, ilustre y solteròn; la estratègia serà perfecta y siempre dìgna de alguien tan sagàz como Andrès Rosillo; que piensa una y otra vez en el hombre que reune todas esas cualidades para ser el forzado, improvisado, e insospechado futuro y cornudo esposo de la siempre codiciada Luz de Obando: DON FRANCISCO RANGEL.
Luz al escuchar semejante candidato, se refiere a èl despectivamente.
-Estàs loco...¿Còmo se te ocurre que me voy a casar con ese solteròn aburrido, ingènuo, sin atractivo, y que no me inspira absolutamente nada?...
-Ni siquiera que es millonario y dueño de màs de la mitad de las tierras que rodean a Simacota- replica Andrès con ironìa.
-Podrà tener todo el oro de Amèrica; pero no es el hombre para mì; ese señor puede que sea muy amable con nosotros, como siempre lo ha sido, pero ni su amabilidad, ni nada de Francisco Rangel me inspiran màs allà de las cordiales gracias...¿Tù lo que quieres es que yo me case con un vejete por el que no siento absolutamente nada?...Olvidalo!- dice Luz imponente y disgustada, huyendole a la terrible realidad chismografica que a manera de zuzurro colectivo se escucha en toda Simacota, donde los rumores de su relaciòn con el cura del pueblo, estàn por convirtirse en alaridos.
De pronto un silencio de laberinto se refleja en la discusiòn de Luz y Andrès...Ambos sin encontrar otra salida se miran mutuamente a los ojos, como si la triste realidad les hubiera ganado la batalla y los hubiera dejado extenuados.
-Està bien...Al parecer no hay màs remedio...Tù no quieres renunciar a tu egoista sacerdocio, ni a mì...Y yo tampoco quiero renunciar a tì...Entonces para que los dos continuemos con nuestra especial relaciòn; estoy dispuesta a sacrificarme, y fingirle a Francisco Rangel que me muero de amor por èl- dice Luz disgustada y burlona.
-Yo estarè contigo amor mìo; en todo momento que me necesites ahì estarè; y no permitirè que nos sigan haciendo daño con las habladurìas...Y todas esas viejas desgraciadas chismosas que estiraron sus envenenadas lènguas para que las escuchara el señor obispo; se tragaràn sus palabras, y ojala se ahogen con su mismo veneno viperino, y se atoren con sus lènguas de azufre...Desgraciadas y desgraciados hijueputas!- dice Andrès con ràbia mientras abraza a su amada, en esta decisiòn dificil pero absolutamente necesaria para no matar ese gran amor que ambos se tienen. Ahora solamente es cuestiòn de que Luz y Andrès hagan su mejor actuaciòn, para cambiar radicalmente la placentera vida de soltero y solteròn que hasta ahora lleva Francisco Rangel; aunque Rangel piense que con una mujer tan despampanante como Luz de Obando, podrà ser todavìa mucho màs placentera...Pero lo màs seguro es que no sea asì.
Como todos los sàbados en la tarde, Luz y Andrès continuan visitando y pasando agradables estadìas vespertinas en la hacienda de Francisco Rangel. Luz fìnge cada vez màs sonrisas, miradas, cariños, coqueterìas sutiles, y afectos para con el tìmido Francisco; que comienza a asimilar, còmo de la noche a la mañana la mujer màs deseada de toda Simacota y pueblos circunvecinos, està poniendo sus ojos en èl; supuestamente.
Luz de Obando sabe que su mejor arma de seducciòn es la gran belleza con la que la mano de Dios la esculpiò. Y a su vez el maduro Francisco Rangel es consciente de que no hay peòr pecado mortal para un hombre, que el de despreciar y subestimar el poder de una mujer hermosa.
Incluso pasados los meses, Francisco pide autorizaciòn al padre Rosillo, para visitar formalmente en calidad de pretendiente, a Luz de Obando, en la sala de la casa cural, y unicamente cuando el canònigo pueda estar presente para supervisar personalmente dicha visita de noviazgo.
-Agradezco a su reverencia, el beneplacito que como tutor de la señorita Luz de Obando, me otorga para visitar con intenciones sèrias a su distinguida sobrina.
-Francisco, mi buen feligres samaritano; el agradecimiento es mùtuo, por haberte fijado en toda una dama de su casa, techado de virtudes, linda, inteligente, recatada, y hacendosa como mi sobrina. Te lo agradezco, y ojala la relaciòn se fortalezca aùn màs.
Se rìega como polvora por todo el pueblo, que Francisco Rangel y Luz de Obando son oficialmente novios sin importar la diferencia de edades porque eso siempre ha sido normal; y que ya la gènte empieze a enterarse, es circunstància que alegra intimamente a Luz y Andrès; pues al fin y al càbo, que en la comarca comienzen a darse cuenta de este particular noviazgo, forma parte del plan.
"Menos mal que esa muchachita està sentando cabeza despues de la muerte de la mamà",piensan algunos..."A ver si por fin el padre Rosillo puede vivir tranquilo y dedicarse de lleno a su parròquia sin que su descarriada sobrina le estè inspirando quièn sabe què clàse de malos pensamientos a su virginal y càsto tìo, que no es màs que un alma de Dios, mientras que la sinverguenza de Luz de Obando parece un alma del diablo", piensan otros. Francisco Rangel ha mordido el anzuelo.
Francisco Rangel y Tordecilla es el ilustre descendiente de una familia de nòbles còndes españoles que conformaban esa àla monàrquica de muchos pergaminos y abolèngos que siempre estaban endeudados hasta los tuetanos, hasta el punto de tener que salir de España, màs para huìr de las deudas, que para huìr del paìs.
Los Rangel llegaron inicialmente a Caracas, con una fortuna monetaria tan austera, que aùn asì fueron vistos en estas tierras americanas, como gènte medianamente acomodada, a comienzos del siglo dieciocho. Años despues naciò Francisco, y a medida que crecìa, la fortuna economica y la suerte de los Rangel tambien creciò y volviò a florecer. Luego alguien de mucha influencia los convenciò de trasladarse a Simacota, donde encontrarìan nuevas comarcas y poblados practicamente desiertos pero prosperos y listos para sacarlos avantes, duplicando su fortuna con la adquisiciòn de terrenos, buenos gustos, lùjos, y demas refinamientos y supuestos abolengos; y en efecto asì fue. Francisco es hijo unico al que siempre le inculcaron, desgraciadamente, equivocadamente, y hasta malevolamente, que las diez màs grandes virtudes de un Rangel, son: El honor, el dinero, el honor, la dignidad, el honor, el orgullo, el honor, las apariencias, el honor, y el honor. Academicamente Francisco es un hombre muy bien preparado, se graduò en finanzas extranjeras en Europa; es màs inteligente que astuto; suspicàz pero no pensante; calculador pero no talentoso. Al morir sus padres, Francisco se convirtiò en heredero unico, y esa fue la base para la poderosa fortuna que tiene hoy en dìa. Èl siempre ha sabido llevar su solterìa; y por aquellos prejuicios provincianos, en algunos cìrculos de la regiòn se ha dudado a veces de la hombrìa de Francisco, y hasta lo han tildado esporadicamente de ser un "marica con oro", y poco amigo de mujeres...Algunos lo apodan al escondido con el sobrenombre de "Francisco Florgel".
Pero esos rumores de sus preferencias sexuales se aclaran poco a poco al saberse la noticia de que Francisco Rangel es el novio oficial de Luz de Obando. Por ser un hombre bueno con todo mundo, las rezanderas del pueblo, satisfechas agradecen a Dios porque las oraciones de èstas, rogando para que don Francisco Rangel no fuera a quedar eternamente solteròn y màs bien encontrara pronto a la mujer de sus sueños; fueron escuchadas.
Gracias a don Francisco Rangel, Simacota es de los muy pocos pueblos en varias millas a la redonda, dentro de la Nueva Granada, donde no hay mendigos; pues Rangel sostiene sin alardes ni aspavientos, el unico orfanato, la unica escuela de caridad, el unico ancianato del lugar, y de paso la iglesia. Todo lo que sea lùjos, derroches, aportes, y algo de opulencia en la comarca, se lògra gracias a Francisco Rangel.
"Ese hombre es mucho techado de benevolencias, para semejante bruja disfrazada de muñeca que es Luz de Obando", piensan algunas damas del pueblo.
Durante su juventud, Francisco fue perseguido por toda clase de mujeres, pero no porque fuera un hombre atractivo o apuesto; lo contrario, Francisco siempre ha sido de una fisionomìa escualida, y su ròstro siempre parece de recien salido de alguna camorra de càrcel. Sin embargo algunas damiselas lo persiguieron en alguna època, pero para ver si lograban casarlo y cazarlo por su millonaria fortuna monetaria y patrimonial.
Francisco no ha abusado de la confianza que le ha dado el canònigo Rosillo cuando estàn a punto de ser parientes polìticos; y lo sigue tratando con el mismo respeto y moderado desparpajo de siempre.
-Padre Rosillo, su sobrina es un àngel que Dios me ha enviado desde el cielo- dice Francisco en la sala de su hacienda mientras le sirve una copa del vino màs fino a su casipariente.
-Ni falta hace que me lo digas francisco. Soy consciente de que mi linda sobrina es toda una dama dueña de sì misma, con una belleza tal que destaca con su hermosura los màs distinguìdos ancestros nòbles y europeos; y de encantos insospechados reservados exclusivamente para el gran caballero que la merezca a ella. Ahora bien, si ese gran caballero eres tù; en horabuena; brindemos por ello- propone Andrès mientras Luz los observa a ambos con una sonrisa dificil de fìngir, pero aùn asì ella hace un esfuerzo.
-Sin duda alguna, usted tiene toda la razòn su reverencia, en darle a su sobrina tan maravillosos calificativos.
Los tres; Luz, Andrès, y Francisco brindan informalmente por Luz de Obando que tìmida prefiere seguir escuchando a ambos.
-Cuando mi sobrina me revelò la soledad que la asalta por la perdida de su señora madre, mi hermana; decidì aprobar este noviazgo entre ustedes; ademas que mi adorada Lucecita reconoce que necesita un esposo que sea todo un principe, y respetado señor. Por eso me alegra que ese distinguido pretendiente sea nada menos que el màs honorable caballero de todo Simacota y sus alrededores...Mi estimado Francisco Rangel.
-Me honra con sus palabras, padre Rosillo. Y debo confesarles a ambos, que todo esto me parece que ha ocurrido tan rapido, que hasta me sorprende, porque yo ni siquiera estaba buscando esposa.
-Los caminos de Dios son misteriosos. El caso es que si tù no aceptaras esposar a mi sobrina; ella podrìa deambular por el oscuro camino de convertirse, de aquì a unos años, en una solterona, e incluso ser vìctima de la tristeza vitalìcia.
Luz de Obando lànza con reprimida fùria sobre los pies de Andrès, una de la còpas que se quiebra por el golpe. Luz recapacita y se reincorpora ante el silencio de Francisco y Andrès.
-Perdòn, se me cayò la còpa- dice Luz tratando de disimular esa mirada de ràbia contenida que la caracteriza; y que si las miradas mataran, el canònigo y Francisco hubieran muerto fulminantemente; porque lo que màs le duele a Luz, es que su hombre, el unico hombre que ella ha amado verdaderamente, Andrès Rosillo, practicamente la estè ofreciendo como si estuviera en una subasta de finas pòtras.
-Creame padre Rosillo, que para mì serìa un gran pèso de consciencia, el que la mujer que se ha fijado en mì, que es mi novia desde hace corto tiempo, y que en esta hermosa tarde sabatina usted me ofrece como futura esposa, deambulara solitaria, abandonada, desamparada, desprotegida y sin amor- dice Francisco mientras desnuda con la mirada a Luz de Obando como quien observa la màs preciada mercancia.
-¿Y tù què piensas sobrina?- pregunta Andrès mientras que con Luz se cruzan miradas de "sigueme el juego".
-Lo que tù decidas para mì està bien; tìo- responde friamente Luz y con acento mordàz.
-Dìgna sobrina del padre Rosillo eres tù mi amor...¿Y què otra garantìa de refinamiento y pureza se puede exigir?- pregunta Francisco con la felicidad de quien gana el tesoro màs preciado, y con la alegrìa de quien cree haber ganado el cielo, aunque el destino en realidad, le estè entregando el infierno.
De repente y sin ningùn recato, Luz le hace una confesiòn a Francisco, y sin importarle que el padre Rosillo estè presente.
-Querido Francisco; entonces debes saber que yo no soy virgen...No por impura o por desvergonzada; sino porque de niña tuve un accidente cuando aprendìa a montar caballo. Pero moralmente, mi virginidad està intacta- refuta Luz.
Francisco queda abochornado, y Andrès desvìa su mirada sin saber que hacer. Hasta que Francisco ròmpe con esos segundos eternos de silencio que se habìan apoderado momentaneamente de la acogedora y preciosa sala de la hacienda Rangel.
-No importa, mi futura esposa. Cada dìa aprendo màs a quererte tal y como eres. Y ese accidente que tuviste en tu infancia aprendiendo a ser la gran equitadora y amazona que hoy en dìa eres; no afecta para nada mi honor; que es el mismo honor de convertirme en tu esposo- dice Francisco acercandose a Luz y tomandola de las manos, mientras Andrès los observa con sus profundos cèlos reprimidos, y aceptando en su corazòn que para bien o para mal, el plan que èl mismo ha gestado se està cumpliendo casi que al pie de la letra. Luz y Andrès saben perfectamente què lo que ambos estàn haciendo no es lo correcto con la ètica, ni con un hombre bueno como Francisco, ni con nada de lo medianamente moral; sin embargo la sobrina y su tìo, no encuentran otro remedio para, paradojicamente, salvar su verdadero amor, que aunque clandestino y prohibìdo, es amor pùro y genuino; amor del bueno. La carrera sacerdotal de Andrès Rosillo tambalea por los rumores, chismes, mentiras y verdades que se continuan diciendo de èl y su sobrina, a pesar de que Francisco y Luz son novios oficiales desde hace meses; pero aùn asì la reputaciòn del canònigo y adulterino, continua arrastrandose por el pìso, y asì seguirà mientras Luz y Francisco no cometan matrimonio.
A Luz y Andrès les remuerde la consciencia; a ambos les dà una gran rabìa interior, el tener que engañar a un señor nòble, con buenas intenciones, y que siempre se ha comportado muy bien con ellos, como lo es Francisco Rangel; y que la verdad sea dicha; hasta hace unos meses, ni siquiera necesitaba de esposa alguna, porque èl ya estaba acostumbrado a vivir solitario, soltero, y hasta de pronto feliz. Aunque en lo profundo de su ser, Francisco acaudalado, no quiere llegar a viejo en la màs terrible soledad de aparente conformidad. Nuevamente Rangel escucha como un eco en su alma, lo que siempre le inculcaron de niño: "Recuerda siempre que un hombre sòlo puede ser considerado, un hombre sin honor...No lo olvides Francisco, lo màs sagrado de un hombre debe ser siempre el honor, el honor, y nada màs que el honor".
¿Què màs podrìa pedir el gran terrateniente, adinerado solteròn, que el dìa menos pensado, recibe al cura del pueblo, al que a veces a estado a punto de decirle algo asì como "tìo-suegro"; pero que por respeto solamente se refiere a èl llamandolo "padre", o "reverencia"...Y llega cualquier tarde sabatina, su reverencia, a ofrecerle en bandeja no de plata, pero sì de oro, a la mujer màs espectacular de toda la regiòn y varias montañas y praderas a la redonda; y que antes de èl fue la dama màs cortejada, codiciada y anhelada por todos, y que sigue siendolo?.
Francisco Rangel ha digerido, y de la manera màs ingenua, la màs planeada fàrsa que se haya montado, en donde supuestamente es èl, el que escogerà a Luz de Obando como su legitima esposa y futura madre de sus hijos.
-Quiero tener con Lucecita, por lo menos diez hijos, y asì salvaguardar el honor de la nueva familia- dice Francisco orgulloso, mientras que Luz y Andrès lo observan impavidos.
Francisco ya està verdaderamente ilusionado con su futura esposa, porque segùn se dice en todo el pueblo, Luz de Obando ha sido muy bien orientada por su tìo el padre Rosillo. Ella es la primera mujer que se interesa en Francisco Rangel, por algo diferente a su cuantioso dinero y exhorbitante patrimonio; y por lo menos ese sì es un detalle verdadero de toda esta parodia que ya se anuncia en Simacota y El Socorro, a viva voz, y con invitaciòn de pergamino que se reparte a todas y cada una de las familias y demas habitantes de Simacota, y El Socorro; asegurandose que nadie, absolutamente nadie en ninguno de estos dos poblados se quède sin invitaciòn.
LA DISTINGUIDA DAMA DEVOTA Y SEÑORITA LUZ DE OBANDO Y ROSILLO.
HIJA DE DON FRANZ DE OBANDO Y MARTINA ROSILLO DE DE OBANDO (YA FALLECIDOS).
Y
EL ILUSTRE CABALLERO DEVOTO FRANCISCO JAVIER NEPOMUCENO RANGEL Y TORDECILLA
HIJO DE DON NEFTALÌ RANGEL Y DOÑA CONCHA DOLORES TORDECILLA DE RANGEL (YA FALLECIDOS).
TIENEN EL AGRADO DE INVITAR A USTED Y SU APRECIADA FAMILIA, AL MATRIMONIO DE DOÑA LUZ Y DON FRANCISCO,
QUE SE LLEVARÀ A CÀBO EL SÀBADO 9 DE MARZO EN LA IGLESIA DE SIMACOTA, EN LUJOSA, CRISTIANA, CATÒLICA, Y SANTA CEREMONIA QUE SERÀ OFICIADA POR SU REVERENCIA PARROQUIAL, PADRE ANDRÈS ROSILLO.
Y LUEGO ACOMPAÑARLOS, PARA DISFRUTAR TODOS DE LA GRAN FIESTA QUE SE REALIZARÀ EN LA HACIENDA RANGEL, ESE MISMO DÌA.
(NO ES NECESARIO LLEVAR REGALO; BASTARÀ CON UNA PLEGARIA DE PARTE SUYA Y DE SU FAMILIA, ROGANDO PARA QUE LA LUZ DE DIOS ESTÈ SIEMPRE PRESENTE EN ESTA NUEVA Y SAGRADA UNIÒN).
LOS ESPERAMOS A TODOS...EN EL NOMBRE DE DIOS PADRE, HIJO, Y ESPÌRITU SANTO.
Es la invitaciòn que està circulando por toda la comarca; y con lùjo de detalles. Todas y todos se preparan; comienzan a engalanarse a sì mismos, alistando desde ya sus mejores ropas; y engalanan el pueblo para embellecerlo, financiado todo por don Francisco, incluso quien no tenga como conseguir un vestido o traje dìgnos de tal acontecimiento; no hay problema; don Francisco Rangel tambien se lo financia; y todo para que nadie tenga excusa de asistir a la que desde ya ha sido catalogada como, LA BODA DEL SIGLO EN SIMACOTA. Porque tendràn que pasar màs de mil años para que este pueblito olvidado de la colonia neogranadina vuelva a tener tan majestuosa, monumental, descomunal, suntuosa e imponente fiesta de boda que aquì se va a realizar.
Sin embargo en los dìas en los que el pueblo se prepara; Luz de Obando y Andrès Rosillo no pueden evitar las discusiones en susurro y a puerta cerrada, cuando los dos estàn a solas en la casa cural.
-No me gusta, y no me gusta Francisco Rangel como mi futuro esposo- dice Luz con sus ojos llorosos y furiosos.
Andrès la abraza y la consuela con gran tristeza; pues si hay algo que el canònigo no puede soportar, es ver a su amada Luz llorando.
-Ya lo sè mi adorada Luz; ya lo sè; siempre lo he sabido. Me has dicho eso mismo todos estos dìas; pero todo es para que nunca muera nuestro amor secreto; fijate que desde que se estàn repartiendo las invitaciones; las habladurìas, los rumores, y los chismes, se han ido apagando poco a poco; y ya, tanto tu reputaciòn como la mìa no han vuelto a estar en entredicho. Ven, sentemonos aquì; y nos calmamos- dice Andrès intentando llevar a Luz al sofà.
-No, no me siento y no me quiero calmar. Te recuerdo que desde hace tiempo ya, tù no eres mi tìo. Tù, Andrès Rosillo, eres mi hombre; y me costarà mucho trabajo el perdonarte, por toda esta fàrsa que tù has planeado y que ya nadie puede detener; porque no eres capàz de renunciar a tu sacerdòcio, para que tù y yo pasemos como marido y mujer el resto de nuestras vidas. Pero tù lo quieres todo: El sacerdòcio; y tambien me quieres a mì, aunque tengamos que esconder nuestro romance por los siglos de los siglos...¿Acaso nunca te enseñaron en el seminario; que uno de los peores pecados capitales, es la codìcia?...¿No te lo enseñaron canònigo Rosillo?...Pregunta Luz nerviosa y furiosa mientras Andrès la observa abochornado quedando en silencio.
-Y tambien me costarà muchos ayunos, perdonarte aquèl dìa en que practicamente me ofreciste ante Francisco Rangel, como si yo fuera una yègua en remate, al mejor postor- termina de reclamar Luz de Obando a la vez que altiva, orgullosa, y con su fuerte caracter le da tremendo par de bofetadas a Andrès en cada una de sus mejillas, dejandoselas rojas.
Luz se encierra encolerizada, tirando la puerta de su alcoba y quedando enclaustrada por màs de tres dìas sin querer comer ni hablar con nadie, a pesar de la insistencia de Andrès.
Al càbo de las semanas que anteceden a la gran boda; en las callecitas de Simacota; cuando alguien se le acerca al padre Rosillo a hacerle algùn comentario al respecto; el clèrigo simplemente se limita a responder con la hipocresia màs sutìl.
-¿Què pareja màs hermosa podrìa existir en Simacota y la Nueva Granada?..Mi sobrina y Francisco, son el uno para el otro...Para mì serà uno de los momentos màs sublimes desde que fuì ordenado sacerdote, el oficiar tan magnanima, hermosa, y sagrada ceremonia de uniòn por siempre, cumpliendo mi sobrina y su prometido, con el sagrado sacramento del matrimonio...Alabado sea el Señor!.
Sàbado 9 de Marzo de 1.790, en la inolvidable y soleada tarde de Simacota; aunque el dìa està hermoso, no se ve un alma en las calles, ni en las casas, ni en las haciendas, porque todo, absolutamente todo el pueblo està dentro ya, en la iglesia de Simacota, que hoy sì reviste un sobrecupo sofocante nunca antes visto, porque sumados a todas y todos sus habitantes, que sin distingos de clàses han sido invitados; se encuentra tambien la mitad de la poblaciòn de El Socorro. Literalmente toda Simacota, y El Socorro estàn invitadas a la ceremònia y posterior fiesta. No se ha desperdiciado ni una sòla invitaciòn de las repartidas en Simacota; todas y todos asisten con sus mejores gàlas, perfumes, lociones y atuendos.
En las primeras filas de la extrecha iglesia estàn las familias socarreñas de los Obando, y los Rosillo; algunos familiares lejanos Rangel, ya que Francisco no tiene familiares cercanos; las pocas familias aristocràticas de las comarcas de Simacota y El Socorro; tambien estàn perfectamente alineadas, todas las integrantes de la "Sociedad de damas ilustres por la moral y las buenas costumbres de Simacota"; y la "Asociaciòn de damas moralistas y catòlicas costumbres de El Socorro"; y en una esquina, pero tambien en primeras filas, el corregidor de Simacota don Pantagruel Madrazo que lùce su espantoso traje de gala carcomido por las polillas, pero que gracias a las insìgnias colocadas, se disimula lo deteriorado de dicha prenda. Igualmente ha sido invitado el corregidor de El Socorro don Pasolino de Rodriguez; y en un sillòn preferencial, el señor obispo de la regiòn con su ròstro satisfecho y conforme de que la reputaciòn del pàrroco de Simacota haya vuelto a quedar desmanchada de toda duda y carente de escàndalo alguno por parte de la iglesia. Abanìcos a granèl porque el calor de la atestada iglesia es insoportable. Nadie se ha querido perder la boda. Un pequeño coro entona alguna marcha nùpcial dando inìcio a la ceremònia, a la vez que todas las miradas se dirigen a Luz de Obando que va ingresando a la iglesia por la alfombra principal, camino al altar, donde la espera sonriente y orgulloso Francisco Rangel mientras que el clèrigo Andrès Rosillo con su casulla y demas atuendos colocados, la espera listo para oficiar la ceremònia. Luz lleva un inmaculado y precioso traje de novia, blanco, importado directamente de Frància, que hace ver a Luz de Obando majestuosamente hermosa, impetuosa, sencillamente perfecta.
Andrès Rosillo va a casar a su diosa; pero con otro hombre; Francisco Rangel que està vestido a la usanza de las cortes europeas; todo un gran caballero, todo un gran señor. La ceremònia se desarrolla en medio de un gran trascendentalismo y despliegue.
-¿Luz de Obando y Rosillo; aceptas a Francisco Rangel como tu legìtimo esposo para amarlo y respetarlo en la buena y la mala, en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, y hasta que la muerte los separe?- pregunta Andrès con su voz entrecortada, a su amada sobrina.
Luz emite un pequeño suspiro silencioso que se vuelve eterno, y con una mirada acusadora a su adorado clèrigo, y una actitud neurotica, propia del nerviosismo del momento, responde resignada con su suerte echada.
-Sì padre..Acepto.
-¿Francisco Rangel y Tordecilla; aceptas a Luz de Obando como tu legìtima esposa, para acompañarla en la buena y en la mala, en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, y hasta que la muerte los separe?- pregunta Andrès con gran solemnidad.
Francisco Rangel responde feliz y completamente desprevenido, sin que se le pàse por la cabeza la gran maraña en la que ha caìdo.
-Sì padre..Acepto.
Y en su latìn caracterìstico Andrès Rosillo sella la uniòn impartiendo la bendiciòn al nuevo matrimonio hasta que la muerte los separe en el nombre del padre, del hijo, y del espìritu santo.
-Lo que Dios a unido, que no lo separe jamàs ningùn hombre- replica en latìn el pàrroco de Simacota, olvidando que ni èl mismo podrà cumplir con esa sentencia: "Lo que Dios a unido, que no lo separe jamàs ningùn hombre"...Mientras que el nuevo esposo besa a su nueva esposa que disimuladamente le esquiva el beso dejandose besar levemente unicamente en una de sus mejillas, ante la mirada desconcertante de Francisco; y luego el gran aplauso de los asistentes a la sofocante iglesia en donde ya no cabe ni una aguja, mientras que la coral entona algùn canto sàcro.
La ceremònia ha sido todo un espectaculo dificil de repetir en muchìsimo tiempo, ya que jamàs en toda la historia de Simacota y sus poblados vecinos, ha habido tal derroche de monumental festìn, gran carnaval, estilos, excentricidades, y lùjos. Los peones y esclavos de la hacienda de Francisco Rangel, estrenan sòbrios y elegantes vestidos, cortesia de su benevolente patròn. Andrès con una hipocresia unica, celebra e imparte las bendiciones de tan apoteòsica boda.
Finalizada la ceremònia religiosa, todos los habitantes del pueblo y demàs invitados encaravanados se dirigen hacia la hacienda Rangel donde se realizarà el magno festejo. Los nuevos esposos encabezan la caravana en un precioso carruaje coloridamente adornado con toda clase de arreglos alusìvos, y tirado por ocho caballos.
Invitadas e invitados llegan a la gigantesca hacienda con sus hermosas praderas, jardines, matorrales, y paisajes dìgnos unicamente de la belleza natural neogranadina. Un grupo de veinte mùsicos contratados y debidamente uniformados son los encargados de poner a gozar y bailar a todos. La descomunal finca se ha dividido en tres secciones: Las familias del nuevo matrimonio junto con los invitados especiales, autoridades, y las aristocràcias congregadas, estàn en el interior de la hacienda. Los plebeyos conocidos y no conocidos, e invitados modestos, se encuentran en el extenso solar colmado de antejardines bellamente preparados para la ocasiòn. Y los empleados, peones, indigenas, esclavos, y demàs, disfrutan en las infinitas hectareas de la finca. Cada secciòn de la fiesta tiene su banda de mùsicos, lo que da la sensaciòn de que sean tres fiestas en una, para que nadie se quede sin festejar en este sàbado tan especial que ya empieza a oscurecer en un gigantesco àgape que serà dificil acabar. Gustosa comida en cantidades enormes, rìos de vino, y exquisitas viandas...Incluso para los niños de la comarca se ha preparado tambien una fiesta en las caballerizas de la hacienda para que los infantes disfruten con algunos teatreros disfrazados de arlequines, encargados de que los niños tambien gòzen, con la unica diferencia de que a estos pequeñines los ponen a jugar con los equinos, repartiendoles jugos y refrescos en vez de trago. Las comparsas son las encargadas de vigilar que nadie se aburra en la fiesta y de mantener a todo mundo contento, despreocupado, pero principalmente que cada quien sea testigo de excepciòn de que Luz de Obando se ha casado con un caballero; y de que son "totalmente falsas" las habladurìas e industrias del chisme que se han gestado sobre la supuesta relaciòn que existe o existìa entre el canònigo Rosillo y su sobrina.
Y aunque todo mundo sonrìe y disfruta, solamente hay un ròstro sèrio, retraìdo, y pusilànime; el de Luz de Obando, que lo unico que desea, es el final de esa fàrsa a la mayor brevedad.
Entrada la noche se sirve la cena formal. Toda la hacienda parece el màs singular festival de mesas elegantes a diestra y siniestra. Ya acomodados en la mesa principal, los corregidores, el señor obispo, los familiares de Luz y Andrès llegados de El Socorro, los familiares lejanos de Francisco llegados de Caracas, y otros no familiares pero aristòcratas de las regiones de Simacota, El Socorro, y demàs poblados cercanos, se disponen a hacer el brindis...Luz de Obando se sienta y queda en medio de su esposo Francisco y de su tìo Andrès...Pero antes...
-Doña Luz de Obando ahora de Rangel, y don Francisco Rangel, reciban ustedes todas las felicitaciones y los mejores deseos en esta nueva vida que ustedes comienzan, y lo mejor de lo mejor para ambos; en nombre de la distinguida "Sociedad de damas ilustres y de buenas costumbres de Simacota"- dice con la màs detestable solaperìa y en voz alta para que todo mundo la escuche, doña Esculapia Acuña, presidenta de dicha sociedad de damas ilustres, y la mujer màs fea y horrorosa de toda la historia de Simacota. Doña Esculapia Acuña fue la que se le metiò hace meses al despacho, al corregidor don Pantagruel, junto con las otras escorias que conforman dicha instituciòn de la moral; para denunciar a Luz de Obando por estar viviendo en la casa cural. Esta solterona es tan fea y horripilante, que siempre se ha rumorado en toda la comarca, que lo màs posible es que doña Esculapia Acuña muera virgen.
-Muchas gracias doña Esculapia; mi esposa y yo se lo agradecemos- responde Francisco Rangel ante la mirada inquisidora que Luz de Obando le lanza a doña Esculapia virgen y monumento asqueroso, unico de toda fealdad.
-¿Todo està bien mi amor?- pregunta Francisco en voz baja a su esposa Luz...-Todo està bien- responde Luz secamente y sin quitarle su mirada de desprecio a doña Esculapia.
El canònigo se pone de pie y propone el brìndis.
-Ya no como sacerdote, sino como el modesto tìo de mi adorada Lucecita, quiero proponer el brindis para que toda la felicidad recaiga sobre mi sobrina, y mi nuevo sobrino polìtico. Por favor ruego a todos ponerse de pie y que se unan a mi deseo, para que tanto a Luz como a Francisco les llueva por la gracia de Dios, dicha, felicidad y bendiciones del todopoderoso por siempre- y levantando su copa, seguido por los demas invitados, todos se colocan de pie, levantan sus copas y brindan por los nuevos esposos lanzando vivas y felicitaciones en voz alta, tanto a Luz como a Francisco, chistando sus copas y con todo un arsenal de sonrisas, a ver cual de todas màs hipòcrita. Y mientras esto sucede, Luz de Obando sentencia pacito al oìdo de Andrès, para que solamente èl la escuche, tremendo presagio lapidario.
-De todo lo bendito y lo maldito que ocurra en este desdichado matrimonio, habrà solamente un culpable: Tù, mi amadìsimo canònigo- y luego con falsa sonrisa para disimular, le da un beso en la mejilla a su tìo mientras este sonrie nerviosamente.
Ya es medianoche y se nota en el ambiente a uno que otro borracho elegante tratando de no perder el equilìbrio, y tratando de pasar desapercibido ante el agasajo colmado de glamour y etiqueta.
Luz se disculpa con su marido porque desea consultar una cosa en privado con su tìo Andrès, en alguna de las alcobas de huespedes.
-Voy con mi tìo a una de las habitaciones; deseo confesarme, escuchar consejo espiritual de èl, y recibir bendiciòn personal antes de partir a nuestra luna de miel.
Francisco asiente cariñoso y tranquilo mientras continua departiendo con el mayor nùmero de invitados posible, como el complaciente anfitriòn que ha resultado ser.
Luz de Obando y Andrès Rosillo suben al segundo pìso percatandose ambos, de no ser observados por nadie; circunstància que a estas alturas es posible, dado el notable grado de alicoramiento y somnolencia de la mayorìa de invitados; aunque en realidad sì estàn siendo observados cautelosamente por alguien: El señor corregidor don Pantagruel Madrazo que està recostado debajo de la escalera, y eructando seguidamente para tratar de aliviar la borrachera que lo perturba, y trata de reponerse infructuosamente de las màs de ochenta còpas de vino que se ha bebido y que ya le tienen sus ojos desorbitados y su propio equilìbrio hecho un desastre; pero despues de observar viscosamente còmo Luz y Andrès suben y se encierran bajo llave en una de las lujosas alcobas de la hacienda, el exceso de alcohòl logrà noquear al envidioso corregidor don Pantagruel hasta que finalmente se queda profundamente dormido en el pìso y recostando su cabeza debajo de la escalera que conduce a la segunda planta de la hacienda Rangel.
Ya dentro de una de las comodas y alejadas alcobas, Luz y su canònigo ajustan y tràncan bien la puerta, percatandose de que no han sido seguidos por nadie, y de que ambos estàn a sòlas dentro de esa gran suite, como verdaderamente le gusta estar, a esta singular pareja. El clèrigo y su diosa inicialmente sin pronunciar palabra, se miran enamorados mutuamente, con los ojos de ambos echando chìspas de deseo y pasiòn, y ambos comienzan a besarse afanosamente y con jadeos llenos de amor y de tufo a fino vino y excitaciòn descontrolada.
-Hoy es cuando màs hermosa te he visto, con este traje de novia que te hace ver inalcanzable- dice Andrès con su respiraciòn agitada y despojando a su amada, precisamente de ese monumental y hermoso vestido que la hace ver como toda una vènus increìble y esplendorosa.
-Y tù te ves muy galante con esa casulla que estàs estrenando- profiere Luz mientras le arrebata la sotana a Andrès como si se lo fuera a comer a mordiscos. Ambos se entregan amàndosen con el extasis poderoso de no saber si serà la ùltima vez. Andrès aspira fuerte todos los olores de su amada, que muerde sutilmente a su clèrigo adorado, deseando ambos que nunca termine ese momento. Luz de Obando es la efìgie al màs salvaje amor, la alegorìa a la màs esmerada musa, la màs distinguida maestrìa en las artes de èros, con su vello pùbico florecido como la màs esbelta orquidea negra, y los orgasmos de gloria traspasando todas las multidimensiones que mujer y hombre coronan unidos en un solo ser como siameses viajeros de todas las constelaciones.
Es madrugada del dìa siguiente, y la fiesta todavìa no termina. Luz y Andrès ahora muy relajados y de nuevo impecablemente vestidos, bajan tranquilamente por las escaleras que conducen a la sala principal de la hacienda. Nadie se ha marchado, pero la mayorìa duermen, e incluso los mùsicos han suspendido sus melodìas mientras invitadas e invitados reposan tomando un segundo aire para continuar con la gran comparsa, que màs tarde volverà a llegar a su tòpe de alegrìa y baile. Francisco Rangel con otros invitados, conversan en voz baja para no despertar a nadie.
-Esposa mìa, padre Rosillo, aquì estamos los invencibles que no nos dejamos tumbar del trago- dice jocoso Francisco mientras que Luz sonriente se acomoda al lado de su esposo, y el padre Rosillo al frente.
-Buen presagio; eso quiere decir que no me casè con un borrachìn- exclama con gracia Luz, mientras los pocos despiertos le celebran lo expresado.
Francisco hace una seña a Andrès, para que observe al señor Obispo, que en el sillòn esquinero, ronca como orangutan en celo. Andrès al observarlo, abre sus brazos en señal de invocaciòn.
-Dios mìo, perdonalo porque èl no sabe còmo ronca- dice Andrès ante la risa no sonora de Luz, Francisco y los demas insomnes.
La gran fiesta de boda ha durado tres dìas con sus tres noches; tanto asì que al miercoles siguiente Simacota parece un pueblo fantasma, porque todos duermen la resaca màs patètica y espantosa de la que se tenga noticia.
Luz de Obando y Francisco Rangel se han marchado, supuestamente de luna de miel; duraràn cuatro meses en Europa: Madrid, Londres, Parìs, Bonn, y San Pettesburgo; mientras que Andrès Rosillo ha quedado por primera vez, solitario en Simacota, y con los cèlos silenciosos que ningùn sacerdote catòlico apostòlico y romano podrìa manifestar jamàs. Las sensaciones y circunstàncias de soledad en las que ha quedado el clèrigo son horribles y completamente tormentosas para un enamorado como èl. Su amada se ha ido con su esposo a una falsa luna de miel; aunque el mismo Francisco Rangel no tenga ni idea de la farsa; porque para Luz de Obando, màs que una luna de miel, es en realidad una luna de hiel.
EL CANÒNIGO Y ADULTERINO DON ANDRÈS
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lunes, 29 de octubre de 2007
EL CANÒNIGO Y ADULTERINO DON ANDRÈS (CAPÌTULO 3)
EL CANÒNIGO Y ADULTERINO DON ANDRÈS
ES UNA OBRA DEBIDAMENTE REGISTRADA
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(ANTES DE LEÈR ESTE CAPÌTULO 3; LEE PRIMERO LOS CAPÌTULOS ANTERIORES; LOS ENCONTRARÀS MÀS ABAJO; Y EN EL LINK DE ENTRADAS ANTIGUAS)
EL CANÒNIGO Y ADULTERINO DON ANDRÈS
NOVELA ORIGINAL: JORGE JIMÈNEZ FLÒREZ
CAPÌTULO 3
"Señor ten piedad"...Y Dios se ha apiadàdo tanto, que està convertido, como debe ser, en el abanderado màs iluminado del amor clandestìno; ya que las primeras semanas de Luz de Obando y el canònigo Andrès Rosillo conviviendo en pareja, han logrado construir, como dos inocentes enamorados tallando la màs fina y fràgil joya, el amor de los dos; y la relaciòn va viento en pòpa; es tan secreta y tan llena de autenticidad, que cada vez hay menos secretos entre ambos. Es un romance tan escondìdo que aùn asì, ella y èl se las ingenian mutuamente para que sus encuentros eròticos sean antecedidos de las expresiònes de amor, cariño, y afecto màs transparentes, y picaramente libidìnosos. Hasta ahora no se despiertan sospechas, porque tanto Luz y Andrès van practicamente todos los dìas a visitar a Martina que a diario hace esfuerzos infrahumanos para disimularle a Luz su enfermedad, en una testarudez casi que infantil; pero asì lo ha querido Martina; aunque Andrès ya en màs de una ocasiòn haya sentido la tentaciòn de confesarle a Luz, el verdadero estado de salud tan deteriorado de su progenitora.
Con el pàso de los meses, la preciosa Luz simula muy bien las labores domesticas manteniendo perfectamente pùlcras la casa cural, y siempre decora la iglesia con suculentos ramos de flòres; incluso ella misma se ha encargado de cuadrar toda la agenda del padre Rosillo, en lo que tiene que ver con la realizaciòn de bautizos, primeras comuniones, matrimonios, entierros, y demas ceremònias religiosas...Circunstancias que no a todos en el pueblo les gusta; pues siempre habian sido auxiliares parroquiales los encargados de esta labor, y jamàs le habìa tocado a una mujer realizar todas estas cosas.
"Por todos los santos...Una mujer como mano derecha del pàrroco; que verguenza para la iglesia de Simacota!"...Piensan los màs ortodoxos.
Y aunque el entendimiento mùtuo entre la pareja es excelente, aùn asì Andrès se ha negado rotundamente cuando Luz le ha propuesto que la deje a ella ser la monaguilla de la iglesia.
-Serìa muy evidente Luz, y tèn siempre presente que ni tù ni yo podremos despertar jamàs, ni la màs elemental sospecha. Ante los ojos de la sociedad, tù seguiràs siendo unicamente mi sobrina colaboradora, y nada màs.
Luz a regañadientes, asienta su cabeza, aceptando; porque al fin y al cabo Andrès tiene razòn; ya que este romance prohibìdo debe ser tan cautelosamente secreto, que cualquier decisiòn que ambos tòmen, puede incurrir en suspicàcias de los feligreses; porque a pesar de todo, La Nueva Granada, siempre ha sido un virreinato bastante ultragodo, conservador, y donde sus gentes viven màs del que diràn, que del aire.
El clèrigo prefiere que sigan siendo los niños turnados de la poblaciòn, los que continuen realizando la labor de monaguillos.
El viernes en la mañana Andrès acostumbra a confesar; se encierra mèdio dìa en el confesionario, dispuesto a absolver todos los pecados de la inocente poblaciòn de Simacota, que juzga como pecado, hasta el mal pensamiento de una hormiga culona.
Luz hace la fìla, como cualquier otra parroquiana, para confesarse...Al llegar su turno ingresa al confesionario, pero el padre Rosillo no se da cuenta de que es ella, por la rejilla oscura que los separa.
-Escucho tus pecados- dice en voz baja el clèrigo, con la misma frase con que èl acostumbra a iniciar toda confesiòn.
Y en ese mismo tono ìntimo, Luz habla muy pacito, como dulce susurro; Andrès reconoce la voz de su amada.
-No padre; yo no he venido a confesarme porque no tengo nada de que arrepentirme...Todo lo contrario mi amado; todas estas noches en el refugio de tus brazos, han sido maravillosas. Si todo esto es un sueño, entonces no me despiertes nunca; y si es una bella realidad, no me abandones jamàs; porque sin tu amor, prefiero dejar de existir.
-No te angusties mi salvaje concubina...Dios es el primer aliado del amor.
Sin embargo, no todo està bien...Ya que por màs precauciones que se tòmen, es supremamente dificil no despertar aunque sea, ciertas murmuraciones entre la gente.
Al salir del confesionario, mientras camina la distancia que hay hasta el portòn principal de la mediana iglesia; dos comadres amargadas que tambien hacen fìla para ser confesadas, comentan entre si, y en voz baja.
-Mirala, allà va la mujerzuela esa. Dizque la damita Luz de Obando, que no es màs que Lucifer disfrazado de muñequita; y que convirtiò a los hijos puros y sanos de este pueblo, en siervos del pecado- exclama una de ellas, mientras que la otra responde en la misma tònica.
-Al pobre padre Rosillo ya se le debieron acabar las penitencias para esa cualquiera; que se crèe mucha cosa, porque naciò tan sòlo un tricitìco bonita.
-Yo no sè què le ven...La mayorìa de caballeros y no caballeros, la tratan como si fuera la mujer màs espectacular del mundo; y a mì no me parece nada del otro mundo...Si acaso una puta fina, pero no màs.
-Càlla esa boca mujer; estamos dentro de la iglesia, pròximas a ser confesadas por el tìo de esa puta fina, que si nos llega a escuchar, hablando asì de su desdichada sobrina; tù y yo en vez de confesiòn, tendremos excomuniòn...Recuerda que las paredes de las iglesias tienen los oidos de Dios; y cuando hàbles de ella, recuerda siempre que, aunque la desprecièmos con todo el alma, aùn asì es la sobrina del cura.
-Hum!, pero observala no màs...Hasta en este sagrado recinto que es la casa de Dios, ella se pasèa con ese caminadito insinuante, y mirala còmo se contonèa, como si quisiera comer hombre, y ni para que le analizamos esa ropa, que podrà ser elegante, pero es atrevida e indigna de la auxiliar de todo un pàrroco.
-Basta observarla bien, para darse cuenta de que su belleza es diabòlica.
-Tienes toda la razòn, ella incita al pecado de la carne, a tal punto que yo he escuchado ruborizada, còmo algunos hombres desean que esa desvergonzada, que ni siquiera los va a determinar nunca; esos desdichados, aspiran como màxima limosna de amor, a que Luz de Obando se les siente en la cara.
-Por eso tù y yo preferimos seguir siendo las mismas fèas de siempre; por lo menos tenemos el cielo ganado...Somos feas pero decentes.
-Fea tù; porque yo solamente soy gorda, y aùn asì me considero bella y dama de verdad.
Hoy por hoy, la iglesia de Simacota es una de las màs bellas y pudientes de todo el Reino de la Nueva Granada; y todo ello gracias a las obstentosas limosnas de Francisco Rangel, que continuian llegando cumplidamente y sin queja alguna a las àrcas de la parròquia.
-Todas las limosas y diezmos son humildes cuando se trata de Dios y sus representantes aquì en la Tierra!- exclama orgulloso don Francisco, cada vez que realiza su donaciòn mensual a la iglesia. Pero esta vez la donaciòn llega acompañada de una botella del màs fìno vino frànces, traìda exclusivamente al padre Rosillo, por Francisco Rangel que acaba de regresar de Europa donde estuvo visitando a unos familiares; y como siempre, aprovechò para traerles presentes, a todas sus distinguidas amistades. Y a la "devota" Luz de Obando, le ha traìdo una lujosa biblia empastada con estractos de oro, de esas que estàn de moda en los altos circulos sociales de señoritas recatadas y respetables del continente europeo.
Luz y Andrès invitan a cenar a Francisco en la casa cural para agradecerle los regalos que les trajo del viejo continente. En la mesa mientras departen y rìen con las anecdotas que Francisco les comenta, tambien se pàlpa que èl no es la excepciòn; Francisco Rangel tambien siente cierta atracciòn hacia Luz; aunque es reservado a ese respecto. Practicamente nadie en Simacota le ha conocido jamàs enamorada o pretendiente alguna a Francisco Rangel que ya tiene cuarenta años de edad. Èl siempre ha manejado su vida privada y su solterìa, con una gran timidèz, reserva, y distancia.
En esta noche los tres la pasan delicioso; y aunque no se àbre la botella de vino que Andrès recibiò de obsequio, es una tertùlia muy amañadora. Andrès con su guitarra hace duo con Francisco, y los dos cantan jotas españolas llenas de còplas picarescas, pero ambos son desafinados a la hora de entonar; lo que produce las risas de Luz.
Al finalizar la velada, Francisco se despide y se marcha en un marco de noche bohemia tranquilo pero lleno de jocosidades, ya que el canònigo Rosillo, cuando se lo propone, es un ser que se expresa y goza, de un gran sentido del humor.
Esa misma noche, ya a sòlas los dos, Luz y Andrès entran en la alcoba principal; ya que la casa cural solamente tiene dos habitaciones; la principal que es donde ambos duermen. Y una segunda alcoba que es tan solo de apariencia, porque supuestamente es la alcoba de Luz. Pero en realidad ambos duermen siempre juntos como la pareja de enamorados que son.
En la madrugada silenciosa, despues de que la feliz pareja la ha pasado en vìlo conversando y bromeando toda la noche en un ameno desvelo, dìgno de los noctambulos màs romanticos; Luz y Andrès completamente desnudos, dàndose abrigo con sus cuerpos abrazados; recostados tienen ansias de todo, menos de dormir. Sonriente Luz destapa la botella de vino y bebe un poco tras chupar el pico de la botella con gran sensualidad que Andrès aprècia mientras ella comienza a remedar y ridiculizar con mucha gracia, los ademanes de las señoras de alta sociedad a la hora de beber; el clèrigo expresa una risa complice, a la vez que Luz continua tomando vino juguetonamente.
-Andrès cantame algo en francès.
El canònigo vuelve a templar su guitarra, para que esta la acompañe en su canto destemplado. Aùn asi Luz parece extasiarse al escucharlo; se acerca asediandolo coquetamente y comienza a rociarlo cariñosamente por todo su cuerpo y ròstro, con lluvia de vino que Andrès resignado acepta mientras continua cantando romanticamente desafinado. Luz le quita la guitarra porque como mujer impetuosa, ha decidido ser ella ahora el dulce instrumento que su clèrigo tocarà de punta a punta, en el màs excitante contrapunteo, y la màs increible tocata. Andrès brinda azucarada sonata de besos en el vientre de su amada, y luego hundiendo su cara entre las piernas de Luz, en el màs sagrado ritual libidinosamente amoroso, el sacerdote realiza la minè a su verdadera y unica dueña, bebiendo el nèctar de su hermosa vagina tan sensual como la màs divina rosa, reviviendo el mìto de la creaciòn cual gènesis de catarsis del Adàn màs fàlico con su Eva màs excitada; no para ser expulsados del paraiso, sino para ingerir juntos el elixir de Dios; hacen el amor con sabor a vino frànces; Luz de Obando es el màs celestial bocado de cardenal para tan entregado pastor. Ella solemne y dominante se èrgue arrogante como la màs altiva serpiente Cobra Reina, dispuesta a fluir el jazmìn de su veneno en el climax exacto de màxima veneraciòn a su escultural existencia, a la vez que su piel blanca, pòro a pòro es explorada por Andrès mientras que de ella emanan los màs exquisitos aromas naturales de diosa coronada, cuando su clèrigo se fusiona increiblemente con la tersura de su emperatriz; esa mujer tan especial que todo mundo desea pero que por la eròtica voluntad divina del todopoderoso, es exclusivamente para Andrès Rosillo, porque ella es la màs bendecida flàma iluminada que ha sido enviada por àngeles a que sea cuidada e idolatrada por el màs humano de los prelados, que ahora làme con su lengua el busto perfecto de Luz que sabe a venus de arcàngeles, porque ella no es mujer del montòn; sino alteza de la atracciòn màgica de universos, capàz de hipnotizar al màs virginal de los pontìfices. Ella es Luz de Obando, que no pasa desapercibida ante nada ni nadie; con su silueta de divina felina, gran dama salvaje y tierna; dominante y fràgil; impetuosa e ingènua; àngel y demònio; brìo de hermosura poetica y huracàn de mil infinitas fornicaciones. El amor entre Luz y Andrès es eterno como los multiuniversos; sagrado como la belleza màs bienaventurada; ardiente y explosivo como la vida misma. Luz con su garbo sui generis del que solamente ella sabe hacer gala, àma de su esclavo clèrigo, haciendolo sagradamente feliz en el extasis que unicamente ella puede producir con su carisma capàz de magnetizar al màs càsto de los beàtos. Ella y sòlo ella le enseña a Andrès Rosillo, la sutìl diferencia entre querer y amar, lujuria y entrega, gustar y adorarse; y el ilustre canònigo aprende cada lecciòn como solamente se aprenden las lecciones dictadas por la mujer amada: Con mucho amor y algo de dolor.
"Sociedad de damas ilustres por la moral y las buenas costumbres de Simacota"...Asì se han identificado las emperifolladas señoras que han llegado al despacho del señor corregidor, Pantagruel Madrazo, a exponerle todas las quejas que tienen, segùn ellas, sobre los comportamientos reprobables e irreverentes de doña Luz de Obando. Esta es una "sociedad de la moral", de esas que nacen de la noche a la mañana, y que en el caso especìfico de Simacota, jamàs se hubiera creado sino fuera por el desprecio y las envidias que muchas de estas seudodamas ilustres le tienen a Luz de Obando. Y que como siempre ocurre en esta clase de organizaciones represivas; estas sociedades encargadas de la moral y las buenas costumbres de algùn pueblo, son fundadas y conformadas por las señoras, señoritas, y solteronas màs fèas, horripilantes, detestables, amargadas, espantòsas, y sobretodo sexualmente reprimidas, ya que nunca inspiran ni el màs mìnimo mal pensamiento, por su descarada fealdad, su cìnico resentimiento hacia toda mujer bonita, y su patètica envidia para con las mujeres de verdad-verdad, que siempre procuran estar a la altura de los placeres divinos màs humanos, como lo son todas las relaciones de pareja basadas en la màs honesta libertad de vivir y dejar vivir. Las integrantes de estas pocilgas camufladas para tapar las oscuridades, que en realidad son estas "sociedades o asociaciones de la moral", estàn integradas por todas esas reprimidas sexuales y abstencionistas sensuales que cuando se encuentran con una divinidad, y ademas vanguardista y adelantada para su època, como Luz de Obando; desahogan en grupo toda esa rabia, y demas sentimientos negativos encabezados y producidos por aquello que la naturaleza les negò a estas viejas, por malevolas, amargadas, y cizañeros condenados adefèsios de las "sociedades moralistas": BELLEZA...Y en este caso, la destructora y abominable envidia por esa diva de sin igual belleza llamada Luz de Obando. Ademas que jamàs puede olvidarse que todas estàs entrometidas, fisgonas, y pateticamente escabrosas solteronas de las "asociaciones de la moral y buenas costumbres", por lo general tienen la mente màs sucia y envenenada, unido al espìritu terriblemente podrido del que se pueda dar fe. Las mujeres de alma oscura que integran estas "sociedades de buenas costumbres y supuestamente rectoras de la moral" no son màs que antros del diablo que pretenden llevar a la humanidad a las profundidades del infierno; mientras que por lo menos las casas de lenocidio son antros de Dios, que se esfuerzan por llevar a simples mortales, al paraiso.
-Señor corregidor don Pantegruel Madrazo, hemos venido unidas las damas decentes este pueblo catòlico y cristiano de Simacota, para protestar ante usted como màxima autoridad representante de sus majestades; ya que nos parece inaudito, inmoral, y completamente condenable la actitud desfachatada, irreverente, descortes, y hasta maligna de la señorita doña Luz de Obando, que pasandose por alto la moral, y las buenas y sanas costumbres de nuestra sociedad; pretende continuar viviendo en la casa cural como si fuera lo màs correcto y normal del mundo; cual vil mujer desvergonzada- dice alguna de ellas.
-¿Y què quieren que yo haga, señoras?...Les recuerdo que doña Luz de Obando es la sobrina del padre Rosillo. Y nunca se ha considerado inmoral en ninguna sociedad, que sobrinos y tìos vivan bajo el mismo tècho- refuta el corregidor.
-Señor corregidor; con el debido respeto le solicitamos que se investìgue a doña Luz y su tìo el padre Rosillo, ya que nosotras tenemos sospechas desde hace algùn tiempo, de que esa bruja disfrazada de belleza està atentando contra la castidad, e inocencia de nuestro ilustre canònigo-dice categoricamente otra de ellas. Mientras la màs feamente siniestra de todas esas damas "ilustres" exclama...-Tal y como se lo estamos contando señor corregidor; nosotras, y que Dios nos perdone si nos equivocamos, tenemos muy sèrios presentimientos, dado el extraño comportamiento de esa sinverguenza pecadora Luz de Obando, y su angelical tìo, el canònigo Rosillo, alma nòble que el espìritu santo salve de las gàrras de su desdichada sobrina; que no tiene ningùn derecho a atribuìrse ciertas confianzitas con su tìo, por màs familiares que sèan; pasandose por la fàja, que antetodo y por encima de todo, primero es el pàrroco de este tranquilo y sano lugar.
-¿A què confianzitas se refieren ustedes, distiguidas damas?- pregunta el corregidor, a sus interlocutoras que se sonrojan mientras se persignan como quienes van a confesar, el màs terrible pecado, incapàz de ser perdonado.
-Señor corregidor; imaginese que la otra noche, los dos iban agarrados de gancho, y tomados del brazo, sin importar que algunas personas correctas los observaramos.
Pero el corregidor no se escandaliza con cualquier bobada.
-Es comprensible; ella es su sobrina y por consiguiente està en su derecho. Si yo tuviera una sobrina como la señorita Luz, tambien la tomarìa del brazo para que ningùn atrevido piense que ella va sòla y desprotegida por las calles- responde el corregidor.
-Y què me dice señor corregidor de aquellos dìas en los que esa tal Luz de Obando se enclaustra en la casa parroquial permaneciendo hasta semanas sin salir de allì para ni siquiera colaborarle al padre Rosillo en la misa- asegura otra de las reprimidas sexuales, "rectoras de la moral".
El corregidor sin embargo cùmple con su deber, y continùa otorgando el beneficio de la duda, a pesar de que en el fondo de su corazòn, Luz de Obando tambien forma parte de sus antipatìas personales, desde que el año antepasado ella rechazò al corregidor como su pretendiente.
-Todos sabemos que doña Luz vive en la casa parroquial porque el padre Rosillo la encargò de los "quehaceres domesticos"- reafirma el corregidor con cierto aburrimiento, pues al fin y al cabo, a èl le cae como un vomitivo, todo ese grupo de viejas chismosas y horrendas que le han invadido su despacho.
-Señor corregidor; usted es la autoridad legal de este pueblo, y por lo tanto debe hacer algo al respecto- dice la peòr maquillada de todas, que es tan fea, que seguramente se vè menos tenebrosa, cuando està recien levantada.
El corregidor no antepone sus sentimientos personales, y por
consiguiente decide ceñirse estrictamente a lo juridìco.
-Distinguidas señoras; ustedes han venido hasta mì, unicamente con sospechas infundadas y simples hipotesis; por lo que yo no puedo hacer nada; mucho menos en contra del pàrroco, representante de Dios en este pedacito de tierra llamado Simacota. Es mi deber recordarles rigurosamente a todas ustedes, que yo soy el representante de la autoridad española; pero el padre Rosillo es el representante de la santa madre iglesia. Y yo no me voy a enfrentar al poder de la iglesia, porque un poco de distinguidas damas desocupadas y sin oficio, me lo exigen. Señoras ilustres, yo no me voy a exponer a una excomuniòn, cuando al canònigo Rosillo le provoque pasar la queja de mi abuso de autoridad, al obispado, y despues al arzobispado; y yo enfrentado ìngrimo sòlo a todos ellos; ni lo sueñen ilustres damas de la moral y las buenas costumbres de Simacota. Asì que si ninguna tiene pruebas contundentes de las gravìsimas sospechas que ustedes han expuesto hoy aquì; tengo la manos atadas...Ha sido un placer señoras pero ahora tendràn que disculparme, porque yo sì tengo que trabajar- y chistando los dedos, el corregidor dà la orden a sus guardias, de sacar a todas esas señoras de allì; y practicamente la "sociedad de damas ilustres por la moral y las buenas costumbres de Simacota", son sacadas a empujones del despacho del señor corregidor.
Sin embargo don Pantagruel Madrazo es un hombre audàz; y aunque aparentemente ha subestimado lo que estas mujeres le han dicho; en el fondo de su ser, le retumba con eco, cada queja que le han expuesto; ya que a todo eso se suma algo que solamente le ha llegado al corregidor de Simacota, pero de manera totalmente confidencial: Los informes secretos que esta recibiendo por parte de los servicios de investigaciòn del ejèrcito español en tierras de Indias, en los que se le otorgan reportes mensuales con muy sèrias sospechas de que alguna clase de vinculaciòn existe entre el padre Rosillo, y el movimiento insurgente, clandestino, y feròz de Los Comuneros.
Y por eso, dìas despues el corregidor realiza una aparente, informal, y desprevenida visita sorpresa a la casa cural.
-En esta humilde casa de Dios nos enorgullecèmos siempre complacidos cuando recibimos la ilustre visita del honorable señor corregidor- exclama Andrès con la sonrisa màs hipòcrita, al recibir en la sala de la casa cural, la visita no anunciada de don Pantagruel Madrazo, que aparentemente ha llegado de casualidad, y con el pretexto trillado y simple de, "es que pasaba por aquì".
-¿Què lo tràe a esta humilde morada, señor corregidor?- pregunta Andrès mientras ambos tòman asiento.
-El mùte de los clèrigos, de los pueblitos de esta regiòn, siempre ha tenido la buena fama de ser delicioso; y estoy seguro que el de su reverencia Andrès Rosillo, no es la excepciòn; porque usted ya lleva aquì màs de un año, y jamàs he probado el que usted prepara.
-Tiene usted toda la razòn, señor corregidor; va a probar usted el mùte màs puro del que se haya tenido noticia en Simacota y sus lejanos alrededores- y mientras ambos rien disimulando la tensiòn, Andrès le pide a su sobrina unas buenas porciones de mùte, que Luz les sirve con la timidez que la caracteriza a la hora de mantener las apariencias.
El corregidor y el abate duran horas conversando sobre lo divino y lo humano...Pantagruel entrelìneas trata de escudriñar a ver por donde puede lograr sacarle a Andrès alguna palabra o frase que le confirme alguna de sus sospechas sobre las actividades subversivas del canònigo; o en ùltimo caso tratar de encontrar algo que pruebe la cantidad de habladurìas y comentarios mal intencionados que a viva voz se secretèa en todo el poblado, sobre la relaciòn entre Luz y Andrès; segùn algunas y algunos; màs allà de lo normal.
Durante toda la visita, Andrès y el corregidor se tratan con una cansona, tensionante, y solapada amabilidad; ya que en el fondo ambos no se caen bien; y por ser el uno representante de la iglesia, y el otro representante de la autoridad española; les toca convivir dentro del mismo pueblo, como enemigos ìntimos, y tratandose despacito y pacito.
Al terminar la visita Andrès despide a Pantagruel, obsequiandole en una vasija, màs mùte, para que no le falte al corregidor que al marcharse de la casa cural, deja en el ambiente de la residencia parroquial, el sin sabor, de que el corregidor ya sospecha algo; y Andrès ya lo sabe; aunque en realidad no sabe si las sospechas de Pantagruel Madrazo son respecto a su vida clandestina de pertenecer a los Comuneros, o de su relaciòn prohibida con Luz de Obando; o si tal vez sospecha de ambas cosas.
Entrada la noche, e iluminados por los candelabros; el clèrigo y su amada sobrina sacan conjeturas acertadas, y otras equivocadas, de tan desacertada y sorpresiva visita.
-Ese maldito chapetòn hijo de todas las putas, se tràe algo entre manos- dice Andrès enojado mientras que Luz trata de relajarlo colocandose detràs de èl masajeandole los hombros.
En su solitaria y cochina casa, el corregidor de Simacota, tambien trata de atar càbos.
"Que me cuelguen del palo màs alto si ese cura mal parido no tiene algo que ver con los malditos Comuneros...Y me dejo cortar el cuello, si no tiene alguna clase de amorìos con la puta de su sobrina...¿Pero còmo hacer para comprobar todas esas sospechas?"; pensaba casi que en voz alta el amargado y resentido corregidor que se desvela imaginandose en atrapar algùn dìa al engañoso cura Rosillo, que no le inspira ninguna confianza. Y està muy bien correspondido, porque èl tampoco le inspira confianza alguna al clèrigo.
Luz y Andrès pasan la noche en vela planeando ser màs cautelosos y precavidos. El clèrigo està seguro de que el astuto corregidor ya es portador de alguna clàse de informaciòn; y eso lògra producir en el canònigo y adulterino, cierta paranòia que lo obliga a ser muchìsimo màs discreto.
En la mañana soleada Andrès realiza su acostumbrada caminata por la plaza principal de Simacota, cuando de repente uno de los niños que ese dìa està de turno como monaguillo en la iglesia; lo asedia con desespero y angustia.
-Padre Rosillo, padre detengase un momento.
-¿Què te sucede muchacho?...¿Por què gritas asì?..
-Se trata de su hermana, doña Martina; el doctor Hernandez se la ha tenido que llevar de urgencias a su sala de pacientes; parece que ella se estaba ahogando, y ahora le estàn aplicando una sèrie de toallas y paños- termina de decir el niño agitado, a la vez que Andrès emprende carrera hacia la casa del doctor Hernandez donde en la sala de pacientes, se encuentra Martina delicada.
Al llegar a dicha residencia, Andrès saluda agradeciendo angustiado las atenciones del doctor Hernandez, para con la demacrada Martina.
-Padre Rosillo, yo como mèdico hago mi parte; pero su hermana es un poco remilgosa cuando yo la atiendo; me tocò traerla hasta aquì practicamente obligada porque a ella lo unico que le preocupa es que doña Luz de Obando, no se entere del delicado estado de salud de ella- dice en tono molesto el doctor Hernandez mientras ambos rodean la camilla improvisada donde reposa Martina con sus ojos entreabiertos, y con una cantidad de toallas que le bajen la fiebre con ahogo que la agòbia.
-Martina, por què no dejas de preocuparte por tu hija, y te preocupas por tì?- pregunta Andrès impotente ante lo delgada que vè cada vez màs a su hermana que no le responde.
Y retirandose a un rincòn donde Martina no pueda escucharlos; Andrès y el doctor Hernandez conversan con toda la franqueza y la frialdad con que se realizan los diagnosticos mèdicos gràves; ya que por primera vez el doctor Hernandez le expone a Andrès el desahuceado estado pulmonar de su hermana.
...-He conversado tambien con el doctor Morales en El Socorro, y ambos hemos llegado a la conclusiòn de que doña Martina, se està muriendo lentamente. Es como si sus pulmones se estuvieran carcomiendo el rèsto de su cuerpo- dice el doctor Hernandez mientras Andrès trata de disimular sus ojos aguados por el muy desolador dictamen que le dicen entre lìneas que es mejor que se vaya preparando para la triste partida final de su hermana. Luego con la voz muy dèbil, Martina lo llama...Andrès se acerca nuevamente a su camilla y le toma la mano.
-¿Què te dice el doctor Hernandez?- pregunta ella.
-Lo que yo ya sè; que tù eres una testaruda que se preocupa tanto por su hija, a tal punto que se te olvida preocuparte por tì misma- responde Andrès.
-Todavìa no me voy a morir; pero cuando suceda; acuerdate de nuestro pàcto secreto: Te encargaràs de mi hija Lucecita; por favor Andrès.
-No te preocupes que tù sabes que yo a ella no la voy a abandonar; asì como a tì tampoco te voy a abandonar.
Martina se queda mirando profundamente a Andrès que le sigue tomando sus manos de manera muy conmovida. Ella puede estar enferma, pero tambien està lùcida, y ha escuchado la habladurìas.
-Si estos pulmones no me traicionaran tanto, y tuviera todas mis fuerzas; yo solita me enfrentarìa, a todas esas lenguas viperinas, que hablan pèstes de mi hija, y de tì...Si hasta se han atrevido a rumorar, que tu sobrina podrìa ser dizque tu novia...Partida de brujas con lengua de cangrejo...Deberìas excomulgarlas a todas ellas- dice Martina con disgusto. Andrès trata de calmarla.
-A la que voy a excomulgar, es a otra; si no le hace caso al mèdico- dice Andrès mientras que en actitud protectora le da un beso en la frente a su hermana. Despues el doctor Hernandez interrumpe.
-Padre Rosillo; hoy su hermana se quedarà aquì en mi casa, porque quiero tenerla bajo observaciòn, y aplicarle unos remedios con los que aspiro a que ella se mejore; y mañana en la tarde, doña Martina podrà regresar a su residencia; siempre y cuando me prometa obedecerme en mis indicaciones.
-Hum!; yo siempre le obedezco doctor...Los desobedientes son mis pulmones, dice Martina mirando de reojo y de manera còmplice a su hermano, que le sonrìe animandola.
Al domingo siguiente en el sermòn de la misa el pàrroco aprovecha que es el dìa en que todo el pueblo asiste a misa sagradamente; desde el corregidor hasta el màs humilde de los parroquianos. Luz està en primera fila con su madre Martina, ya un poco màs repuesta.
-La calumnia, la injùria, la mentira, y toda clase de falsos testimònios son pecados gràves que nuestro Señor dificilmente perdona; y màs aùn cuando son pecados reiterativos...Asì que todos aquellos que han proferido falsas palabras, deben confesarse, cumplir penitencia y demostrar un autentico arrepentimiento- dice el padre Rosillo en su misa dominguera, adonde todo el pueblo asiste sagradamente a escucharlo con agrado y atenciòn; ya que con ese autentico don de gentes, y gran oratoria, el canònigo es capàz de cautivar al màs escèptico de los atèos.
En la noche, en la sala cural, Andrès sentado no ha podido disimular lo inquieto que ha estado en estos dìas recientes. Luz con cara de disgusto por el ambiente un poco aburrido que ha tomado la casa cural desde que hace dìas el incomodo corregidor les llegò de sorpresa; enciende los candelabros.
-No podemos negar que ese bendito señor corregidor nos perturbò la tranquilidad desde que nos visitò la otra vez...Y seguramente seguirà visitandonos de manera sorpresiva, hasta que caigamos como unos estùpidos, dàda la presiòn disimulada que comenzò a ejercer sobre nosotros- dice Luz mientras termina de acomodar los candelabros en las esquinas de la sala. Sin embargo Andrès, màs que tratar de tranquilizarla, està dispuesto en la noche de hoy, a confesarle a Luz, algo que ella, quièn sabe còmo lo vaya a tomar; pero que es indispensable que lo sepa, por la seguridad de ambos. Andrès asume una actitud categòrica y confidencial a la vez, hablando en voz baja pero seguro de sì mismo.
-Ademàs de nuestra secreta relaciòn; tengo sospechas del otro motivo por el cual el corregidor Don Pantagruel, nos estarìa respirando en la nùca- dice el clèrigo, mientras que Luz sin que se le pase el disgusto, observa la oscuridad de la calle desierta, por entre las cortinas ya cerradas de una de las ventanas.
-¿Y què otro motivo podrìa tener?- pregunta ella, totalmente ignorante de la gran verdad que està por escuchar de su hombre. Andrès resignado y decicido ya, a que Luz lo sepa, se inclina un poco mientras està sentado, le agarra una mano a Luz, y la sienta en sus piernas.
-Amada mìa; sì hay un motivo muy importante, y tal vez hasta màs peligroso que nuestra prohibida relaciòn- dice Andrès tratando de encontrar las palabras exactas para confesarle a Luz, su màs confidencial secreto sociopolìtico.
-Querida Luz; quiero que sepas y guardes un importante secreto mìo; siendo tù la primera y unica persona a la que se lo harè saber...Practicamente desde su fundaciòn, yo soy ideologo y miembro activo del movimiento insurgente en contra del yùgo español, llamado, Los Comuneros.
Luz de Obando ha quedado estupefacta con su ròstro inexpresivo, asustada, y sin saber còmo màs reaccionar inmediatamente. Despues de unos segundos de silencio; ella solamente atina a decir.
-Es dificil asimilarlo de buenas a primeras. El hombre que yo amo; el unico hombre del que yo he estado verdaderamente enamorada; es uno de Los Comuneros.
Andrès asienta un par de veces su cabeza, respondiendo afirmativamente.
-Desde hace dìas querìa decirtelo; porque la decisiòn de las autoridades españolas es marcial: Comunero que atrapen; por bien que le vaya, unicamente lo matan; pero por mal que le vaya, es sometido a las màs atròces torturas; y de una vez te lo digo; si a mì me atrapan, o me matan, quiero que sepas que no me arrepiento de absolutamente nada.
Luz con una de sus manos acarìcia el mentòn de Andrès que tiene sus ojos aguados, pero al mismo tiempo siente con esta confesiòn, el haberse quitado un gran peso de encima; el del remordimiento de consciencia de algo que no querìa ocultarle màs a su adorada; y que por fin pùdo ver la ocasiòn propìcia para confesarle a su compañera del alma, sus andanzas clandestinas en favor de una Nueva Granada lìbre, soberana, e independiente.
-Entonces cuando tù me dices que vas a las veredas a impartir òleos y sacramentos; en realidad, a lo que vas es a reuniones secretas con Comuneros?- pregunta Luz refugiando la cabeza de Andrès en su pecho.
-Y en realidad sì se aplican òleos y sacramentos; pero despues es cuando nos reunimos con ellos para planear los golpes contra los invasores españoles, y su podrida corona.
-No vuelvas a hablarme de atrapadas o muerte, porque a tì jamàs te sucederà nada de eso- dice Luz en cierto tono cariñoso -yo te cuidarè y te defenderè de todo aquèl que se atreva a tocar a mi canònigo rebelde.
-El caso es que yo solamente soy eso: Un cura de pueblo, un Comunero, y un enamorado clandestino de la unica mujer que en realidad he amado en mi vida- exclama en voz baja Andrès, mientras los ojos marrones hechizados de Luz de Obando, tambien son los ojos de una mujer enamorada, y a partir de hoy, silenciosamente angustiada; porque ella està tomando consciencia de que cada vez que su amado salga a la calle, o a sìtios aislados; sòlo Dios sabe si regresarà a casa. Luz de Obando està comprendiendo que lo prohibìdo del romance con su tìo, no es el verdadero precio que ella tendrìa que pagar por su relaciòn con Andrès; sino que es algo mucho màs peligroso que las consecuencias de una relaciòn censurable; es el peligro de captura o muerte de Andrès Rosillo por sus andanzas comuneras de sublevaciòn y rebeliòn en contra del imperio español al que pertenece toda la Amèrica hispana, incluìdo el Reino de la Nueva Granada. Luz de Obando abraza con todas sus fuerzas a Andrès; pero es ese abrazo lleno de pànico por perder a su amado; es el abrazo lleno de miedo por perder a su principe azul convertido en realidad, aunque èl no vista precisamente como principe azul, pero sì como principe de la iglesia catòlica, apostòlica y romana, aunque no sea cardenal, y aùn asì continùe siendo el sencillo y màs autèntico de los sacerdotes neogradinos y de gran parte de Amèrica.
Es tal esa nobleza y sinceridad mùtua entre Luz de Obando y Andrès Rosillo, que de manera improvisada pero rigurosa Luz le hace la màs desconcertante de las propuestas.
-Andrès, yo quiero ser una comunera; asumirè todos los riesgos que ello implica.
-No; no; y eternamente no!- sentencia Andrès tajantemente y ahora alterado.
-Si nos vamos a morir, muramonos juntos- dice Luz segura de si misma.
-No mi amor; te amo tanto, que soy incapaz de que te mueras a mi lado- dice Andrès mientras trata de limpiarse con un pañuelo, el sudor que le produce la tensiòn del momento.
-Tu madre jamàs deberà saber nada de lo que te acabo de contar.
-Ten la plena seguridad, que absolutamente nadie sabrà jamàs, lo que me acabas de confesar- dice Luz en un tono de apoyo incondicional a su sacerdote sublevado, que le aclara y le reafirma con voz estricta a Luz de Obando, que ella jamàs de los jamases, nunca serà una comunera; y es tal lo categòrico que Andrès ha sido con respecto a ese tema; que Luz decide no volver a hacerle semejante locura de propuesta.
Dias despues Martina que està seriamente enferma de los pulmones, pero no de los oìdos; no puede ser ajena a las habladurìas y chismes de todo Simacota, con respecto a la relaciòn de su hija Luz con su tìo el pàrroco.
-No me gusta para nada que se estè en todo momento, hablando mal de mi hija y de mi hermano- le dice con indignaciòn Martina a su hija Luz que la visita con el pretexto de atenderle esas "jaquecas y gripas" con las que Martina trata de disfrazarle a Luz, su muy delicado estado de salud.
-Tranquila mamà; todas esas son sandeces de lènguas sin oficio...No me digas que tù les vas a creèr?.
Martina respirando con cierta dificultad, no responde, pero sì le trata de explicar a su hija.
-Antes de que tu tìo Andrès se convirtiera en sacerdote, èl fue repudiado por ciertas familias de El Socorro, e incluso de aquì de Simacota- aclara Martina casi que a regañadientes, ya que se trata de un pasado que a ella no le halaga para nada sacar a relucir.
-¿Repudiado?...¿Y repudiado por què?- pregunta Luz con curiosidad.
Martina incomoda, no le queda màs remedio que responder con la verdad; pues al fin y al cabo, es ella la que tiene la segunda intenciòn de que Luz se entere quièn era su tìo antes de ser cura.
-Andrès era un jovencito precòz, porque fue un niño precòz. A èl le gustaban en exceso las mujeres. Yo siempre he dicho que si no fuera por su vocaciòn de cura, quièn sabe en que lìos de faldas andarìa Andrès en estos momentos, y sòlo Dios sabe a que estarìa dedicado si no hubiera sido sacerdote...Bendito sea el voto de castidad- dice Martina levantando sus brazos en pòse de invocaciòn.
-¿Y eran mujeres muy bonitas?- pregunta Luz con cierta burla fina.
-Debo reconocer que tu tìo siempre tuvo gustos refinados...Bendito sea el voto de castidad- repite Martina tratando de levantar otra vez sus brazos en señal de invocaciòn.
Ya en la noche, despues de la cena, Luz y Andrès reposan en el comedor de la casa cural; ambos conversan sobre los pormenores de la charla que Luz y su madre tuvieron. La bella Luz realiza juguetona e insistentemente mordaces preguntas que Andrès trata de evadir con cierta indiferencia postiza.
-De manera que el rèo Andrès Rosillo, se declara culpable de sus andanzas de malcriado- dice Luz poniendose de pie, con voz inquisidora, y colocandose sus manos en la cintura en actitud de institutriz impecable, mientras que Andrès decide seguirle el juego.
-Me declaro totalmente culpable, señorìa.
Luz se acerca y con sus manos le agarra suavemente el cuello a Andrès, en actitud de quererlo ahorcar.
-Entonces yo Luz de Obando, como rectora de este tribunal de la santa inquisiciòn, le doy a escoger entre las siguientes dos sentencias: O morir ahorcado por mis propias manos; o ser condenado a amarme a mì, nada màs que a mì, y exclusivamente a mì, por los siglos de los siglos, amèn...Asì que digame padre Rosillo; cuàl de las dos sentencias ha escogido usted?.
-En vista de las unicas dos sentencias que su señoria quiere que yo escoga, yo me sacrifìco por la patria, y escogo la segunda; amar incondicionalmente a mi unica iluminada, luz de mujer- termina de decir Andrès mientras que la voz de Luz se une a la de èl para que ambos terminen diciendo al unisono.
-Por los siglos de los siglos, amèn!.
Y Luz de Obando cambiando su actitud juguetona de querer ahorcar a Andrès, le quita sus manos del cuello, a la vez que ella comienza a besar ese mismo cuello que minutos antes queria supuestamente ahorcar...Y correspondiendole, Andrès pasa su brazo tambien por el cuello de Luz que tiene aroma de primavera; y como el màs sagrado manjar enviado por los dioses, Andrès comienza a amar a su divina inquisidora, encima de la mesa del comedor...Oh! Luz de Obando, prematura maestra de artes amatòrias, nacida para ser càntico inmarcesible de salmos en el momento de entregarse a su confesor canònigo y adulterino; privilegiado por tener a su emperatriz como el regalo màs bondadoso del creador de los multiuniversos.
Pero las habladurìas y chismes crecen en Simacota y sus alrededores, como una gigantesca bola de nieve rodando por todas partes e imposible de frenar. Y es por eso que Andrès Rosillo tiene que ausentarse tres dìas de su parroquia; porque ha sido llamado a audiencia urgente, por el señor obispo de la regiòn, para que el pàrroco de Simacota aclàre ciertas cosas que se dicen de èl, y que son comentarios impuros que no se deben decir jamàs de un sacerdote "entregado a su castidad", a su parroquia, y a su bendito albedrìo, en un pueblo lejano llamado Simacota, pero con un dispensario de chismes capàz de retumbar con gran eco, y que podrìa llegar incluso a tierras tan lejanas y tan interoceanicas como la santa sede; y Andrès sabe que cuando un cura es citado por su obispo, no hay derecho a declinar tan obligatoria invitaciòn.
-Padre Rosillo, la iglesia es una prostituta santa, y como tal es indiscutible su infalibilidad. Le recuerdo que solamente hay dos infalibilidades verdaderas en la iglesia catòlica: La infalibilidad del Papa; y la infalibilidad de la castidad de la iglesia como tal. Usted es un buen pastor; y un buen pastor jamàs deja ni siquiera entre ver, sus tentaciones- dice el señor obispo con seriedad petulante al padre Rosillo que lo escucha con la cara agachada, y con la màs hipòcrita sumisiòn.
-Su reverendìsima obispal; usted sabe que algunos feligreses, tienen la malicia de juzgar en nombre del diablo con cizaña y arbitrariedad, a sus pàrrocos.
-Lo entiendo padre Rosillo, y lo comprendo; ademàs tambien debo recordarle, que antes de que yo fuera obispo, tambien fui un simple pàrroco y cura de pueblo como usted. Y por eso mismo siempre recomiendo a mis sacerdotes, que hay que tener màs cuidado en los pueblos, que en las ciudades. El maligno se amaña màs en los infiernos grandes que son los pueblos chiquitos.
-Tendrè siempre muy en cuenta sus sàbias palabras, su reverendìsima.
-Ahora respondame una cosa padre Rosillo...¿Es indispensable que su respetable sobrina viva con usted en la casa cural?- pregunta secamente el obispo, ante la mirada sorpresiva de Andrès que comprende mejor, que el señor obispo, parece estar bastante enterado de lo que pasa en la parroquia de Simacota.
-No!; no es estrictamente indispensable que mi sobrina viva en la casa cural. Lo que pasa su reverendìsima, es que tampoco le veo nada de malo. Es mi devota sobrina, que voluntariamente desde que yo lleguè como pàrroco a Simacota, se ofreciò unicamente por su vocaciòn hacia el Señor, a realizar los quehaceres domesticos y demas tareas de asistencia de la iglesia, lo que me ahorra el no tener que gastar la mayor parte de las escasas limosnas, en contratar un auxiliar parroquial...Ademàs ella es la hija de mi hermana, que me ha pedido que yo la cuide y vèle por ella, ya que mi honorable hermana se encuentra muy enferma, y no puede cuidar de mi sobrina como se debe.
-Padre Rosillo; el objetivo de esta reuniòn es tambien buscar a esa bochornosa situaciòn, que en cualquier momento se nos podrìa convertir a usted y a mì, en un escàndalo bastante serio; una soluciòn pràctica y fàctible, en las que todas esas cosas que almas envenenadas vociferan de usted y su respetable sobrina, no crezcan màs; y màs bien encontrar un cristiano remedio donde todas esas lènguas viperinas endemoniadas, sean vìctimas de su propio invento; y se atòren hasta saciarse, en el momento en que tengan que tragarse sus propias palabras.
Andrès ocultando sus nèrvios, trata de hablar muy poco; y prefiere escuchar lo màs posible al señor obispo que habla con sarcàsmo y sensatèz, porque al fin y al càbo; èl no tiene nada en contra del padre Rosillo, pero tampoco està dispuesto a que sus pàrrocos se descarrilen en el lodazàl de los escàndalos pueblerinos, que son pequeños pero bastante bulliciosos.
-Padre Rosillo; encuentre usted una soluciòn radical a toda esta polvareda de habladurias e incomodidades, y aplique la soluciòn màs eficaz. Siempre que hay algùn problema con mis pàrrocos, soy justo y primero doy la oportunidad de que sea el sacerdote comprometido el que solucione personalmente el problema...Ahora bien, si èl falla o se sigue equivocando; entonces ahì sì entro yo y entonces soluciono la situaciòn a mis anchas...¿He sido lo suficientemente clàro, padre Rosillo?.
Andrès desconcertado solamente atina a responder.
-Ha sido usted, sabiamente clàro, su reverendìsima, y desde hoy mismo me comprometo humildemente ante usted a resolver esa situaciòn, para que su reverendìsima no tenga que gastar su bendecido tiempo solucionando esos problemas minusculos que se presentan a veces en nuestro servicio ìnfimo al Dios todopoderoso. Prometo a su reverendìsima obispal, encargarme de todo.
-Eso era lo que querìa escuchar padre Rosillo...Y se lo repito para que no se le olvide: La iglesia es una prostituta santa.
-Amèn, su reverendìsima.
EL CANÒNIGO Y ADULTERINO DON ANDRÈS
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